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León

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Al trasluz | eduardo aguirre

Con motivo de editar una antología por mis veinticinco años como columnista descubrí que en mis inicios profesionales dos de cada tres columnas eran de humor. O lo pretendía, porque éste es un terreno donde ab unda el gatillazo, y el intento no siempre concluye en logro. El humor es un pájaro herido al que debes permitir posarse sobre tu hombro, hasta que pueda remontar el vuelo. Hay algo sagrado en su aleteo, es una estrella que no necesita de la noche para brillar. Puedes disfrutarlo solo o en compañía, y al igual que ciertas canciones está hecho de niebla. Ni siquiera necesita concluir en risas. Tiene algo de oración secreta. Báculo resistente, te ayudará a caminar sin tambaleos cuando el terreno de la vida se vuelva pedregoso.

A través de la paradoja, lo irónico o el disparate, entre otros registros posibles, puede revelar matices de la verdad a los que no se puede acceder por vías más solemnes, pues ilumina las habitaciones oscuras. Quizá, llamamos humor a demasiadas cosas, incluso a algunas que pudiendo alcanzar la nada desdeñable condición de chistosas, ocurrentes, incluso de desternillantes, no son la misma especie de pájaro a la que nos hemos venido refiriendo. Sí, en mis inicios profesionales, aspiraba a que dos de cada tres columnas fuesen de humor. Y la mayoría quedaron en grandes gatillazos, pues conseguir una sonrisa del lector exige saberes que no dependen exclusivamente de ti, ni de él, sino del misterio que todo lo envuelve con sus destellos. En estos tiempos difíciles, pero también de milagro, el intento debe ser de lograrlo en tres de cada dos. Ya, ya, se le pueden poner algunos reparos desde la estricta ciencia aritmética, pero el corazón cuenta con los dedos y es en sus ramas donde este pájaro anida. Tres de cada dos. Y me llevo una.

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