Diario de León
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Con viento fresco josé a. balboa de paz

Haciendo zapeo leo el sábado el mensaje de una televidente: «Soy laica y católica y no veo contradicción»; yo tampoco la veo, y me parece que los católicos están de acuerdo con ese pensamiento. A diferencia del Islam e incluso del arrianismo o de algunas formas extremas del agustinismo político, el catolicismo siempre ha distinguido entre poder político y religión: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, dicen los Evangelios. Que este principio haya sido, a lo largo de la historia, vulnerado muchas veces, por ejemplo en la ed ad media o por algunos estados en siglos posteriores, no lo cuestiona. La separación de la Iglesia y del Estado es una realidad en el mundo católico de hoy, por ejemplo en España, como recoge nuestra Constitución. Algunos políticos no lo quieren entender así: pretenden excluir la religiosidad y sus símbolos del espacio público, y recluir las creencias religiosas al ámbito privado. El laicismo extremo es intolerante y frecuentemente síntoma de actitudes políticas totalitarias.

Aún más, creo que es contradictorio con principios que debería defender y que desdeña. Es el caso de su postura en torno a la familia, cuya defensa identifica con creencias religiosas y no sociales. No es extraño así que ese laicismo intransigente haya dejado en manos exclusivamente de la Iglesia su defensa, y que sea ésta la que, como ayer en Madrid, protagonice actos multitudinarios. Defender la familia es defender la vida y el fundamento sobre el que se asienta el orden social y, por tanto, el mundo y el futuro de los pueblos. Esta defensa me recuerda la cita que leí en un libro de Miguel Benzo, en el que hablando de la lucha de la Iglesia contra las herejías gnósticas escribía: «La primera gran lucha doctrinal de la Iglesia no ha sido contra los negadores de Dios, sino contra los negadores del mundo; y su primera gran victoria, hoy casi olvidada en nuestras sumas teológicas, ha consistido en salvar la tierra». Parece como si el laicismo cayera hoy en un nuevo gnosticismo tan pernicioso o más que el antiguo, porque se viste de un cienticismo sectario y trasnochado.

Algunos de éstos creen que lo que defiende la Iglesia es sólo un modelo de familia frente a otros, todos dignos. Es cierto que ha habido muchos modelos de familia, y no hay que leer a Morgan o Engels, tan desacreditados, para saberlo; pero justamente la evolución ha conducido hoy a una forma predominante: el de la familia nuclear, sustentada sobre la vida en común de padres e hijos. Este tipo de familia cumple, como recuerda Murdock, numerosas funciones relacionadas con el sexo, la procreación, la socialización y la cooperación económica. Aunque algunas de éstas han sido confiadas a otras instituciones, su papel sigue siendo imprescindible. El gobierno socialista, tan imbuido de las ideas laicista, no se da por enterado de esa realidad social dominante y, frente a ella, parece defender modelos minoritarios por no se sabe que extraño fundamentalismo democrático. No se trata sólo de una legislación que favorece los divorcios y el aborto, cuyo aumento en ambos casos es dramático en España, sino que no deja de poner trabas a las familias, a las que a penas ayuda.

No entiendo la inquina hacia la familia, siendo como es una institución que goza de un amplio apoyo social, como se pone de manifiesto en estas fechas navideñas y sobre todo en momentos de crisis económica como la que vivimos. Atacar a la familia es debilitar la cohesión social, cosa que a algunos políticos parece no importarles demasiado o que quizá les interese mucho como mecanismo de desvertebración política o de anomia social. Parece que los ataques continuarán en ese proyecto de ingeniera social que impulsa Rodríguez Zapatero, pero no triunfarán. Creo más en la vieja opinión de Ralph Linton, autor del célebre Estudio del hombre, de que la familia sobrevivirá de una u otra manera mientras exista la especie, y pienso como él que «el último hombre pasará sus últimas horas buscando a su esposa e hijos».

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