Mis queridos Reyes
Mar de fondo | carmen tapia
Tú crees en Papa Noel?, me preguntó hace unos días un compañero. Tras reflexionar unos segundos le respondí que este personaje de barba blanca, obeso, vestido de rojo, con una risa tan sonora como fingida, nunca se paró en mi casa cuando yo era pequeña, así que para mí Santa Claus, como lo llamaron la primera vez que me informaron de sus actividades, no existió en mi infancia. Tampoco existió para ninguna de mis amigas ni para nadie de mi edad o mayor que yo conociera. Santa Claus nunca pasó por mi pueblo -”aquí hago una aclaración porque lo de calificar pueblo a Puertollano, con sesenta mil habitantes, no deja de ser un apelativo cariñoso que reservo para la intimidad-” o no se dejó notar en nadie de mi entorno. He de confesar que tengo sentimientos encontrados hacia este personaje de Laponia, de tez blanca y sonrojada. Con mis hijas no se ha portado nunca mal, como con la mayoría de los niños y las niñas actuales o en la niñez de los que ahora rondan los treinta años, quizás no con muy buenas intenciones y un espíritu demasiado competitivo en el que siempre he visto la intencionalidad clara de relegar a los que para mí son los verdaderos artífices de la magia y la ilusión: los Reyes Magos. Ellos siempre me fueron fieles. Ellos supieron acertar siempre con el regalo justo, ese al que no era necesario dar la vuelta para mirar en la etiqueta su valor económico, ese que llegaba en una noche llega de magia, ilusión y misterio. Nunca me atreví a acercarme a ninguno de los tres, incluso cuando sentados en sus lujosos tronos, con sus mejores vestidos, me llamaban con la mano al ver que tiraba con fuerza de mi madre para que no se parara en la cola de niños y niñas que esperaban para sentarse en sus rodillas. Temblaba sólo de pensar en tenerlos cerca, oírles hablar, oler el misterio. Sabía que vendrían pese a todo, que, un año más, no me fallarían. Por eso los espero cada cinco de enero. Sé que vendrán, aunque no les pida nada.