El paisanaje | antonio núñez
Nada por aquí, nada por allá
El mago alemán Johan Lorbeer, que estos días anduvo por León subiéndose por las fachadas de la calle Ancha y caminando por el aire dos metros arriba del suelo, dejó boquiabiertos a los viandantes. Hay quien dice de él que se trata del mayor ilusionista del mundo, capaz de desafiar la ley de la gravedad de Newton -”la única que no ha transgredido Zapatero-” y nadie se explica el truco, pero seguro que haberlo haylo. Servidor ya no se asombra de nada y se limita a constatar que Lorbeer es la viva imagen de cualquier español en paro capeando la crisis como puede: los del PSOE dirán que levita gracias a las ayudas sociales del Gobierno y los del PP que se ha quedado colgado de la brocha. El cómo el parado se sostenga de milagro es otro tema.
Se han ido los treinta y tantos magos de la Semana Internacional de la Magia, incluido Lorbeer, dejando otra vez a los leoneses enfrentados a la cruda realidad y a la espera ilusionada de sus colegas Reyes de Oriente. Sobre estos últimos hace años que uno sabe que los reyes son los padres -”ya no quedan Reyes Magos para engañar a los chavalines a la carta ni en El Corte Inglés-” así que, según me dijo ayer el señor obispo, tampoco hay que creer demasiado en el alemán. «Sólo si consigue cobrar del Ayuntamiento es que es un mago», remachó en plan agnóstico monseñor.
Apagada la noche de San Silvestre y mientras se acerca la hortera cabalgata municipal de todos los años es hora de hacer balance, dejando claro en primer lugar que llega en la vieja locomotora «Mikado» del ferroviario Durruti, otro chifado, porque lo que es el AVE ni está ni se le espera. Y menos mal que viene en tren, porque Michaisa está en obras pero todavía sigue en pie el viejín paso a nivel del Crucero.
Pero vayamos al análisis para entender por qué la economía provincial se «sostiene» de chiripa como Lorbeer: más de treinta mil parados; la producción de carbón de un año apilada en las térmicas por culpa del calentamiento global de Copenhague con las heladas que están cayendo aquí; los servicios, el comercio y la hostelería sin vender una rosca; la construcción colgada del andamio; el campo toreando el enésimo año de vacas flacas, porque no queda nada que ordeñar; y los autónomos mendigando créditos en Caja España, donde son recibidos y despedidos a la puerta con un «Dios se lo pague, hermano».
Multiplique el lector estas cuitas por cien -”la población leonesa por la del país es una simple regla de tres-” y le saldrán las cuentas del reino. Pero no se preocupe, porque tenemos aquí un mago comparado con el cual Johan Lorbeer es un aficionado. De la chistera de Zapatero han salido brotes verdes hasta en otoño, la ilusión de que la crisis ha tocado fondo (ahora toca cavar), el encogimiento de las colas del Inem, donde ya no cabe un alma, y la bajada del déficit, que es como un globo en la estratosfera. Respecto a medidas de austeridad en las administraciones públicas, magia potagia, porque no hay ningún remedio ni pócima previstos contra la ley de la gravedad de la crisis: si el país sigue en pie, como el tal Lorbeer, un par de metros sobre el abismo es sólo debido a la economía sumergida. Otro misterio.
Este primero de enero le toca a España presidir de turno por seis meses la Unión Europea. Esto, como todo en la vida tiene dos caras, como voy a telefonear ahora mismo a la Merkel y a Gordon: «la mala es que dura un semestre y la buena es que no llega al año, y no como nosotros con Zapatero». El que no se consuela es porque no quiere.
Sobre lo de la presidencia europea, lea usted en el bar el periódico, pero no lo muerda como las cabras del Heraldo de Aragón, famosas por sus tragaderas, ay mañas, porque según la última encuesta del CIS con la crisis tocamos a un ejemplar por cada diez parroquianos a eso de la hora de los vinos si queremos optar por leer o beber. Estamos ante el mayor espectáculo del mundo con los trucos de imagen de este Gobierno.
Agárrate, Johan.