Diario de León

Cornada de lobo | pedro trapiello

...ni se le espera

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pedro trapiello
León

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La miseria de Haití ya era devastador temblor antes de que este terremoto dejara aquellos pueblos y ¿ciudades? trillados y en montonera, «pueblos que están allí como si hubieran sido arrojados desde un avión», dice Alvite. En las bocas de los que no han muerto anda todo el día enroscado Dios como oración maldita o como blasfemia piadosa, aunque dice una corresponsal que no se tienen noticias de Él en toda la isla... ni se le espera.

La miseria de Haití fue siempre de solemnidad, pero, aun siendo gazuza mortal y sed de justicia, residió más en la cabeza que en el estómago; es la miseria moral que se necesita para sobrevivir en el caos y la desesperanza.

Haití es barullo y lodo en una isla pelada, segada a fuego y mordiscos. La cochambre y la baratura dibujaron siempre cada rincón y postal. El que tiene algo sólo puede construir a lo pobre, el pobre sólo levanta chabolas y el hijo del pobre duerme al raso incubando algún crimen. Hasta el palacio presidencial parece edificado por un estraperlista. Allí se alojaron las castas dictadoras, los Duvalier de Papa Doc con su tropa de tonton-macoutes , aquella gestapo criminal que enseñó a su pueblo lo que es capaz de devastar y persuidir el miedo y el terror de un estado. Después de aquello, sus gobiernos fracasan sistemáticamente en arreglar el corral, porque cada barrio y negocio tiene sus ministros. Si la miseria corrompe, la miseria absoluta corrompe absolutamente.

Haití nació como país siendo una granja de esclavos sublevados, cimarrones que se cagaron en Napoleón, pero ya Moisés dijo que de una generación de esclavos no puede salir una nación libre. El Occidente rico convirtió la isla en un vertedero de gentes sin presente y sin futuro, un lazareto de economía leprosa al que ni siquiera volvemos la mirada por no infectarla con las culpas que nos arroja a la cara. Durante una o dos semanas viviremos telediariamente su tragedia, su tremenda, lejana y exótica realidad medio cadáver, pero así que pasen tres meses volverá Haití a su mudez, nosotros a lo nuestro y la comunidad internacional a parchear aquel crimen con oenegés y limosnas. Y Dios, sin su catedral de Puerto Príncipe, de vacaciones.

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