Cornada de lobo | pedro trapiello
Caridad de buitre
Gusta mucho pregonar la caridad, es vicio viejo. Los escribas y fariseos de la Jerusalén evangélica, cuando les tocaba día de limosnas, iban por la calle anunciándose a trompetazos. Hoy, cada día, tal colectivo, tal club de fútbol, cofradía, cantante o empresa amanecen en el circo mediático soplando el cuerno de su fortuna y cacareando que han puesto un huevo en el que va un donativo para paliar la tragedia de Haití. Parece que la moda es lanzar las limosnas desde los campanarios. Las cuentas de donativos y las huchas se multiplican hasta en bares y no queda oenegé sin sacar el cepillo a pasear. Todos piden, todos dan, ¿llegará todo a donde se manda?... La tragedia exige generosidad. Lo que vemos y nos cuentan encoge el corazón y mueve a piedad cierta. Pero nos dicen también que la distribución de ayudas es allí caótica y puede empantanarse en delincuencias. Suele ocurrir esto cuando las desgracias llueven sobre tierras gobernadas por la miseria y los caciques. Terremotos centroamericanos o hambrunas sudanesas hicieron ricos a muchos hijoputas con cargo. No puede haber delito más imperdonable. Aprovecharse de la desgracia ajena es abyecto, pero negocio seguro. Por eso, cuando es un banco la via de esas caridades y se dedica a cobrar de cada donativo las impertinentes comisiones de transferencia o meneo, ¿cómo debe llamarse la cosa?
Se ha denunciado que algunos bancos cobran cinco euros de un donativo de veinte si se transfiere de una entidad a otra. Legal, señora; ese pillaje es legal. Y despiadado. Pero seguro que habrá alguien justificándolo y alegando que no sólo en Haití repicó la catástrofe, que también la banca ha sufrido un devastador terremoto financiero que le permite considerarse damnificada y objeto también de ayudas o donativos, que es el caso (a la hora de hacer comparaciones estomagantes no iba a quedarse solo el obispo Munilla). Hágase constar que la solidaridad española está siendo admirable. Son muchos millones. Y las comisiones, tajadona. A Sócrates Valdueza esta vileza bancaria le parece lo mismo que saquear al pobre de la esquina o robarle a un muerto. Aquí, como dicen los evangelios, la única que se salva es la pobre viuda que sólo podía dar un óbolo.