Rema mar adentro
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Esta frase del Evangelio del domingo fue el lema escogido por el Papa Juan Pablo II en la carta que nos regaló al alba de este tercer milenio; en ella nos recordaba que la misión que espera al apóstol no es la de anunciar un mensaje propio, sino el que ha recibido. En la base de la fe cristiana no hay una intuición personal, sino un acontecimiento histórico: la muerte y resurrección de Jesús. Se trata de proclamar que Jesús no es una fábula o un episodio del pasado, sino una persona que vive y hace vivir. Se apareció a Pedro y «aparece» hoy en todo creyente fiel a la llamada. Por eso, la mejor demostración de que Cristo ha resucitado es que hace vivir y es capaz de hacer cambiar la forma de vivir de los que creen en él.
El apostolado es algo esencial a la Iglesia, católica y apostólica, es decir, que se fundamenta en el testimonio de los apóstoles y además apunta a su ineludible proyección universal. La Iglesia es misionera, apostólica, evangelizadora... Tres palabras que subrayan la idea de que la misión, recibida de Jesús, es anunciar el evangelio a todas las gentes. El núcleo de este anuncio es la muerte y la resurrección de Cristo, hechos contados por los que lo vieron. Jesús, haciendo un juego de palabras con el oficio de sus discípulos, los llama para que sigan siendo pescadores, pero de hombres; no para que utilicen cebos y engaños para que piquen los desprevenidos. El proselitismo no es apostolado. Hay que hacer uso de la razón y del ingenio que Dios nos ha dado. No podemos ser más serios y rigurosos en el afán por ganarnos el sustento, que en el de realizar la misión que implica ser cristianos. No podemos dejar el apostolado a la improvisación del momento o a la buena de Dios. Porque Dios nos ha elegido a nosotros, dotados de razón y de imaginación, para que seamos sus testigos en el mundo.
El milagro tiene lugar después de remar mar adentro, en alta mar, donde está el riesgo y donde están los peces. De la misma manera los pescadores de hombres, los que proclamen el Evangelio, deberán hacerlo en medio del mundo, donde están los hombres y donde únicamente el poder de Dios puede dar confianza y serenidad. La Iglesia debe predicar el Evangelio ahí. El mundo no es un lugar geográfico, no es el lugar profano en contraposición a los recintos sagrados, sino el ámbito en el que se debaten las cuestiones decisivas y verdaderamente importantes para la marcha de todos los hombres. Y así, uno puede predicar el Evangelio dentro de un templo y, sin embargo, hacerlo en medio del mundo, y otro puede predicar el Evangelio desde la televisión o desde el periódico y, no obstante, estar predicándolo en la tranquilidad del templo.
Tenemos la experiencia del encuentro con Cristo, en la Palabra y en el Banquete de la Eucaristía. Pero también nos impulsa a sabernos «enviados» desde ella a la vida: a dar testimonio, a mostrar con nuestro estilo de vida cuál es nuestra fe y dónde radica nuestra salvación y la del mundo entero.