Cornada de lobo | pedro trapiello
De lejos viene
De la historia de Roma me interesó la vida ordinaria, las costumbres y los días, las leyes, las fiestas o los trabajos, y no tanto el imperio del poder, la intriga palatina, el foro, la guerra. Roma fue la abuela de nuestra civilización, hija de la polis , madre de la urbs y de la urbanidad. Sin embargo, de bachiller, lo que más agitaba mi curiosidad sobre los romanos eran sus excesos, lo descomunal, las comilonas, el circo sangriento, la vida regalada, aquel arte de sus templos que no cabía en los nuestros. ¿Imaginas en la capilla de san Roque una Venus capitolina de teta de mármol al aire?, porque los únicos pechos parroquiales a la vista estaban cortados y sobre una bandeja que portaba santa Águeda. ¿Y las orgías pompeyanas espolvoreando oro sobre los platos como vuelven a hacer ahora los pijolaris de la cocina firulí ?...
En clase de Historia del Arte pedía yo para ampliar la cosa los tomazos de la enciclopedia Summa Artis de Pijoán y me felicitaba el profe; ignoraba que lo que buscaba allí era, más que nota, el arte en bolas, los únicos desnudos que cabían en aquella vida. Entonces no quise creer lo que la Venus de Willendorf y Rembrandt nos avisaban: las mujeres reales de hoy se parecerían más a ellas que a las gimnastas de la cerámica cretense. Tal cual. Y sigue vigente el otro principio de Arquímedes: «a más grasa, mejor se pasa».
En un banquete de Nerón al que asistieron mil invitados, uno de los cuarenta platos servidos fue de lenguas de flamenco. Coñó. A sólo cuatro lengüitas por plato (qué menos; ya sería el doble), ¡cuatro mil pajarones muertos y su carne al muladar!, apiolada toda la migración de aquel año en las marismas de Ostia, qué brutos. Y el seprona pretoriano, mirando a los pardales.
Estas cosas extraordinarias fueron vulgares en el esplendor de la vida romana. Eran tan normales como pagar hoy cinco mil leandras por una botella de agua sacada de un glaciar noruego con hielo de hace tres mil años. Nos parecen hoy desmedidos y bárbaros los lujos romanos, pero con lo que cuestan los fiestorros y copetes que caben en un sólo ejemplar del Hola pagaría un emperador degenerado sus juergas de cinco años. Y en cuanto a ver tetas en las iglesias, al tiempo.