Diario de León

El paisanaje | antonio núñez

Pintan bastos

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antonio núñez
León

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Entra usted en el hogar del pensionista a la hora del tute y a todos les tiemblan los pulsos. ¿El parkinson? «No», me dijo la asistenta social, «la subida del IRPF y la bajada de las jubilaciones». Otra explicación no cabe, salvo la que me sopló al oído un veterano anarquista de los de Durruti que conoció al abuelo de Zapatero: «Es que el nieto tiene alzhéimer y se olvidó mantenernos el poder adquisitivo, pero no lo ponga en los papeles porque es una bomba, se lo digo yo que entiendo de eso, y pueden volar las cachas y las garrotas entre las partidas de derechas e izquierdas». Haya paz social.

Mas o menos pasa lo mismo en las briscas de los parados de cincuenta y tantos tacos para arriba que aspiran a la prejubilación, sólo que estos son más bravos. «A mí no me sube al andamio a los sesenta y siete ni el empresario del año, aunque sea en brazos», saltó uno cantando las veinte en copas porque a su edad para las cuarenta en oros ya no le llega. Pero, aparte de retrasarle un bienio la pensión, también pueden calculársela sobre cotizaciones de veinticinco años atrás y él empezaba de aprendiz de albañil por cuatro perras en tan duro oficio al grito de «niño, la masa». Caldereta y polea, pero progresando para abajo con un Gobierno socialista.

Sobre el delicado asunto de las pensiones se están sucediendo en los últimos días un sinfín de anuncios oficiales, globos sonda, desmentidos y matizaciones -”no digamos que digamos, pero tampoco digamos que digamos-” que lo han convertido en caótico. Antes llegaba usted después de los sesenta con reuma al médico y lo tenía claro: sopicas y buen vino. Las medicinas por cuenta del Gobierno, porque para eso apencó lo suyo antes del cambio climático. Y lo demás a descontar las horas.

Esto de ahora, en cambio, no es de sentido común. Zapatero no es precisamente un paisano que se meta en charcos para quitarse votos, así que hay algo que no cuadra: o le dijeron cosas muy gordas la otra semana en la suiza Davos sus colegas de la UE sobre la ruina en que ha sumido a España o se lo han advertido los inversores extranjeros, con los que ha acumulado una deuda exterior de medio billón largo de euros, que toca renegociar (unos ochenta y cinco billones de las viejas pesetinas, se dice pronto, y en sólo seis años). Parece una bobada, pero dividida esta cifra entre una población de cuarenta y pocos millones de españoles tocamos a dos millones de pesetas por barba. «Usted no puede permitírselo», me avisaron ayer en el banco cuando fui a pedirles un crédito de tres mil eurines para retejar. ¿Y qué pasa con el Gobierno? ¿Es que no tiene goteras?.

Fuera de Italia se hacen cruces sobre cómo tienen que estar los partidos clásicos para que la gente vote a Berlusconi. Aquí, Mariano, puede pasar lo mismo. «Manca finezza», recomendaba Andreoti a los españoles cuando andábamos por la transición democrática. En realidad lo que le sobraba a nuestra clase política era jeta napolitana.

Este jueves, en el «desayuno de oración» de Washington, Zapatero pasó el cepillo a los inversones gringos de Obama, otro que destiñe, leyendo entre huevos revueltos la Biblia, pasaje veinticuatro del Deuteronomio, versículo catorce, donde está escrito «no oprimas al jornalero o menesteroso de entre tus hermanos ni de entre los extranjeros que habitan en tu país dentro de tus ciudades». Esto cuadra con la Alianza de Civilizaciones, pero el problema es que la Biblia no pone nada hasta el libro del Eclesiastés, donde se lee «trabaja el pobre para poder comer y, al fin, sigue pobre». Se recomienda a los pensionistas agnósticos que vayan más a misa, y no sólo a la primera comunión del nieto, y menos al Banco de Bilbao.

Fuera de España los europeos se preguntan también cómo estarán los otros partidos para que la gente vote aquí a Zapatero. ¿Coño, y qué me dicen a mí con un paisano que no tiene para las pensiones pero sí para un tranvía entre Santo Domingo y el Portillo?

Que Dios ilumine a América.

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