Cornada de lobo | pedro trapiello
Barón y el vacío
Cuando viene a León, Enrique Barón tiene razones sobradas para pensar que está en su casa. Por eso le dejaron solo el otro día. Dio una conferencia en el desierto. Sólo las paredes pidieron coloquio. Para no creerlo. No estaban ni los suyos. Acudió un cuarto del aforo, mayormente parroquia habitual y ese bendito beaterio cultural de visitas sacramentales vespertinas que va nutriendo actos, conferencias, eventos, exposiciones, danzas, bombos y peñazos. ¿Y quién dices que da hoy la conferencia?...
Colegas y cargos del partido no fueron ni a hacer bulto y las representaciones públicas debían estar a esa hora mirando al tren o al tranvía como lo hacen las vacas. Le dejaron solo.
La talla política, académica y personal de Barón es inabarcable. Ha sido todo en los últimos cuarenta años del socialismo español y sigue en activo fecundo; fue piedra del nuevo Psoe (veraneando en Vidanes, hizo venir a Felipe González a Mansilla de las Mulas para trabar convergencias socialistas), fue diputado, ministro, parlamentario y presidente europeo, miembro de foros internacionales... es profesor, ensayista, escritor (imprescindible algún libro suyo)... tiene tres carreras; en su cabeza enciclopédica cabe este mundo y el mundo que sueña una razón cabal; habla con soltura cinco idiomas; trabaja con intensidad tranquila; y su dialéctica seduce. Dígase, pues, que es un tipo que tiene muchas cosas que contar, muchísimas. Sin embargo, en la rueda de prensa que se convocó antes de la conferencia tampoco hubo mayor curiosidad y presencia. Sólo acudió un medio y quedó la faena en un mano a mano. Vaya. El vacío mordía. El bueno de Barón no debió de salir de su admiración y de cierto bochorno. No se puede entender nada bien tanto desinterés o desdén.
León es para Barón un trozo muy entrañado en su vida y memoria; fueron muchos años recalando en esta tierra, en su querencia familiar de Vidanes o en Noceda del Bierzo con Pepe Alvarez de Paz. Fue Enrique Barón, en Ponferrada, quien dio el primer mitin desde la Guerra de los socialistas leoneses. A él, León le evoca sentimientos, pero León no le evoca. Sentí vergüenza de nuestra falta de atención y cortesía. Ha sido imperdonable.