Diario de León

Cornada de lobo | pedro trapiello

La «negra»

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pedro trapiello
León

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Las sartenes de toda la vida con papel de periódico se friegan. Pero sólo el seno. El culo ni se le toca; se irá criando ahí un costrón de carbonilla petrificada que engordará la base como si fuera un acumulador de calorías, truco astuto que descubrieron hace infinito los woks asiáticos. Quien opera entre fogones sabe que esas sartenes fregoteadas con papel y no pulidas con estropajo cumplían mejor sus fritos y tortillas. Las sartenes huyen del detergente que siempre deja restos químicos y películas perfumadas para que las comamos después de propina en la próxima fritanga. Papel y se acabó. Cierto es también que la tinta del periódico atrasado dejará su huella en esa superficie, pero quizás así, tragando su alma impresa, puedan digeririse las noticias que no entendemos.

Conservo en mi mesa una vieja sartén de hierro no esmaltado, una sartencilla diminuta con justa cabida para un solo huevo, tan pequeña ella, que parece sacada del kit de cocinillas de la señorita Pepis. Era de mi bisabuela, al parecer, pero podría seguir estando en activo. No ha perdido pellejo ni costra. Más de cien años están escritos en su rudimentaria traza de herrero local. Le falta el mango lasguísimo que la hacía funcional, lástima, y me sirve de cenicero (si me viera la bisabuela, me largaba un libelo de repudio). Teniéndola tan a la vista, me recuerda cada día que así se cocinó hasta anteayer en estos pueblos donde la casa paterna «se arregló a instancias de nueras y nueros» borrando cuadras y convirtiéndolas en bodeguillas de merendolas con su fregadera de acero y su vitrocerámica que la abuela desdeña porque dice que allí no hay fuerza de calor verdadero, potente, ardor de leña o antracita; y si una casa pierde su llama, la brasa viva, ¿qué fuego convocará al clan a su alrededor?... ¿a qué calor familiar llama la comida congelada y el microondas?... a mí me dejáis la hornilla como está y me traéis un carro de cepos de urz, dijo en Camposolana, su pueblo, Desdémona Valdueza, la hermana de Sócrates... y reburdió no sé qué. Liborio el de Santovenia sacaba siempre la negra cuando hacía matanza o si el almuerzo de las diez pedía esa mañana repasar en la sartén garbanzos, tocino y chicha del último cocido. Y su sartén era negra-negra, pura gloria.

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