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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Es tan clara la significación de la parábola del hijo pródigo para comprender el amor misericordioso de Dios, que el papa Juan Pablo II le dedicó un capítulo entero en una de sus primeras encíclicas, la titulada « Rico en misericordia ». Conviene destacar que creer en la misericordia de Dios no significa en modo alguno atentar contra la dignidad del hombre. Nuestros prejuicios acerca del tema de la misericordia son, a lo sumo, el resultado de una valoración exterior. A veces sucede que, siguiendo un sistema de valoración así, percibimos principalmente en la misericordia una relación de desigualdad entre quien la ofrece y quien la recibe. Si el padre del hijo pródigo se muestra misericordioso es porque es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre había sentido por su hijo. Por ello es el símbolo de la misericordia de Dios, el cual no puede dejar de ser fiel a sí mismo ni a su amor por todos los hombres.

Por encima de la conducta descarriada del hijo menor, y por encima de la actitud cicatera del mayor, lo que realmente sobresale es el inmenso amor del padre, que sabe perdonar los desvaríos del uno y disculpar la mezquindad del otro. Y ésa es precisamente la intención de Jesús al contar la parábola. Porque el amor de Dios abarca a todos los seres humanos y supera todas las debilidades y altanerías de los hombres. Y eso debe quedar muy claro para nosotros. Dios no es como nosotros. Dios es Padre y nos quiere de verdad. Nos quiere, no por lo que hacemos, el bien o el mal, sino porque es nuestro Padre y somos hijos suyos, pecadores o no. Nos quiere no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. Y es este amor de Dios el único que puede hacernos buenos, el que nos puede sacar de la maldad, el que nos puede librar del pecado, el que nos puede alentar en el camino del bien.

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Nuestro Dios es un padre bueno, misericordioso y comprensivo. Es el padre del hijo pródigo. Es el Padre de Jesús, el «abbá», el papá. Esta concepción de Dios Padre es el trasfondo de la vida de Jesús, lo que está debajo y la sostiene, aunque no se nombre. Jesús es la parábola de Dios. Más aún: Jesús es el mismo Dios, su palabra y su vida son el rostro de Dios. Dios es el padre bueno que hace salir el sol lo mismo sobre los buenos que sobre los malos, y llover sobre el campo del justo y del pecador. Es este padre bueno de la parábola que, doliéndole en el corazón, respeta la libertad del hijo rebelde y lo deja ir, y que después lo sigue esperando, día tras día, y sin cansancio, con los brazos abiertos, para, al final, acogerlo con una inmensa alegría. Porque a este hijo, dice, lo habíamos perdido y lo hemos encontrado y porque, en el cielo, hay más alegría por un pecador que se convierte que por cien justos. En esa línea va el sacramento de la penitencia: es volver a Dios.