Publicado por
pedro trapiello
León

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La risa es lo primero que nos cambia. Ocurre exactamente ese día de la infancia en que se pierde por primera vez la inocencia. A partir de entonces, la risa falsa y la falsa sonrisa se convertirán en una máscara necesaria e inseparable para circular por el teatro de la vida donde todos llevan una máscara, alguna otra de respuesto y algunos todo un muestrario de ellas; son los que suelen triunfar. Perdida la inocencia, seguimos teniendo risas sinceras, cierto, pero hasta nosotros mismos las confundimos con las otras.

No corren buenos tiempos para la risa, pero alguno es está escojonando.

La risa, dicen, es un indicio de satisfacción ante la vida. La gente que ríe está diciendo que las cosas le van bien o que las preocupaciones cotidianas no le son tan graves o trágicas. Y si la mayor tragedia que le puede caer al hombre es el hambre, ¿de qué se ríen entonces esos rapaces con su algarabía de patas flacas dando patadas a una pelota de trapo envuelta en polvareda de desierto al lado de una choza etíope de palos, barro y roña donde enflaquecen y se amustian un matrimonio aviejado, los pechos de la mujer, un niño de cría que no tiene mirada y tres cabras tiñosas que son todo su patrimonio?, ¿de qué se ríen esos niños con risas de alegría total y creíble?...

Y a unos miles de kilómetros de allí, ¿por qué no se ríe ese guaje repipi que conoces, ese gordinflete, repeinao, enropado de marcas, con gafitas de sol y peluco descomunal a sus años, contestón y remolón remarcando en la cara un ostentoso gesto de furia y represalias cuando le dejan ante el bus que le lleva a un cole privado donde tiene dos campos de fútbol, un pabellón cubierto, un salón de cine y unos profesores que les tratan de usted para que el mocoso les tutee o amenace? Tal y como le van las cosas, lo que gasta, lo que engulle, el armario y los caprichos que le conceden, ese chaval tendría que ser una sonrisa perpetua y un dechado de buen trato; sin embargo, el muy cabrón, el muy consentido, todavía quiere más, no está conforme con su destino y se frustra al compararse sin salir nunca de la envidia cochina que le corroe y amarga. El enfado le irá tallando la cara y el gesto. Por eso se dice que a partir de los cuarenta, cada cual es responsable de su cara .

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