El paisanaje | antonio núñez
Así no se puede robar a Botín
Y menos con una pistola de juguete comprada a los chinos de todo a un euro, la cual daba malamente el pego sin munición. Pero uno, que ya no está en la edad de Willian Bonney, alias Billy el Niño, no puede menos que admirar la gesta del venerable atracador de setenta y dos tacos, Manolo Ruiz Araujo, que el martes intentó vaciar la caja de una sucursal del Banco Santander en León y por poco no lo consigue. En total eran cinco mil eurines, aunque a él le bastaban para zanjar la deuda con una residencia geriátrica donde su mujer había malvivido descontando el tiempo a razón de mil doscientos euros al mes. Eso fue lo que le dijo al principio a la policía, si bien parece ser que no le creyeron porque aparece como viudo desde hace seis meses cuando dejó de pagar la pensión, sobreviviendo él mismo en un piso de renta antigua y debiendo una pasta gansa. Este es el país real.
«¿Serías capaz de hacer lo mismo por mí?», dijo ayer mi mujer en un arrebato romántico tal que, si lo hubiera oído el cajero, se lo pensaría dos veces. Cuentan los periódicos que el atracador de la tercera edad llegó al banco, enfiló la caja, puso una bolsa de plástico de El Corte Inglés y dijo decidido: «Tengo una pistola, llénela». A continuación salió a la calle con el exiguo botín y fue rápidamente reducido por dos empleadas y un vigilante jurado que entre los tres no sabían hacer ni una llave de judo. Seguramente le delató la cámara de seguridad, el párkinson, la cacha o las tres cosas a la vez. Vaya, en todo caso, nuestra admiración por su aventura.
Si servidor fuera Botín, que obviamente no es el caso, pagaría de mi bolsillo los cinco mil eurines del septuagenario descarriado a destiempo, tarde y mal. Y a continuación montaría una campaña publicitaria para el banco de las de no te menees. ¿El eslogan? «Apúntanos y te adelantamos la pensión: las retenciones y las congelaciones van por cuenta del Gobierno», esto en letra menuda.
Según el catecismo del padre Astete, allá cuando el denostado Franco, robar para comer no es pecado y, según el refrán de toda la vida, quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón, dicho sea esto sin que don Emilio Botín se dé por aludido. Aquí de lo que se trata es de un jubileta que no llegaba a fin de mes y optó por cobrar cabreado un anticipo en ventanilla, como siempre.
Seguramente no ha sido una buena idea la del anciano defendiéndose de los próximos recortes de la pensión con una recortada de pega. Denota simplemente la desesperación de amplias capas sociales, como se dice ahora, sobre lo que se avecina. Con cinco millones de parados y ocho de jubiletas lo raro es que éste haya sido un hecho anecdótico y aislado. Cierto amigo mío, de profesión sociólogo, barrunta que con la crisis las bandas rumanas no tienen futuro en España «porque van a ser barridas por comandos del Inem y del hogar del pensionista, a poco que estos se organicen». Haga usted, si no, una encuesta a la hora del tute, porque las del CIS están manipuladas.
Manuel, el frustrado bandolero al que pillaron después de dar el palo con la cacha y una pipa simulada en una oficina bancaria de barrio, es la moderna imagen de un país que, como diría Buenaventura Durruti, más que una huelga general lo que precisa es acción directa. Lo que pasa es que, atraco por atraco, a lo mejor lo que le conviene más es un concejal, que son los que manejan lo suelto en un país arruinado. Para volver a estas alturas a coger el chopo o la pipa con ideas de kalasnikov la cosa tiene que estar muy jodida, mi sargento, incluso para los que ya están en la reserva y no pueden ni reengancharse.
Había también esta semana una noticia muy curiosa: el Ejército, que había encargado -”externalizado según usía, el coronel-” la limpieza y vigilancia de los cuarteles a Eulen, servicios integrales, acaba de avisar a la tropa profesional de que tendrá que barrer otra vez y hacer imaginarias. Otros que van cuesta abajo, como los del Inserso.
Ojo, mi sargento, que las escobas las carga el diablo.