El Apóstol Santiago
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
En la década que va desde la primera predicación hasta la muerte martirial de Santiago, según una piadosa tradición de los pueblos de España, el Apóstol se desplazó a esta península como primer anunciador del evangelio. Él y sus discípulos plantaron las primeras Iglesias en las provincias de Celtiberia ya romanizadas.
Dentro de esa misma tradición, con leves soportes documentales, pero con honda belleza y ternura, se nos muestra al Apóstol cansado y exhausto, junto a la orilla del Ebro, al pie de un pequeño pedestal de piedra, donde acude la Virgen María, todavía viviente en este mundo, para darle ánimos a Santiago y nuevos impulsos a su empeño evangelizador. Su sepulcro en Compostela se ha convertido en meta de peregrinación desde la Edad Media y ha configurado el ser de Europa, vertebrado por el camino de Santiago.
La Iglesia -cuantos la formamos- es la encargada de continuar en el mundo ese mismo testimonio de los apóstoles. Deberíamos revisar con seriedad la cualidad de nuestra manera de testificar: si de veras proviene de una convicción interior; si se centra en el núcleo del mensaje, es decir, en el anuncio de la resurrección victoriosa de Cristo como factor de salvación y liberación universales; si está dispuesta a testificar hasta el final, hasta la entrega de la propia vida.
Sólo si somos capaces de cumplir todas estas condiciones, somos dignos herederos de los apóstoles. Santiago y Juan tuvieron que recibir una lección muy clara y dura por parte de Jesús cuando, empujados por la ambición pidieron a su maestro un trato de favor y privilegio en la organización del Reino de Dios. Ellos pedían honores, y Jesús les predijo el martirio. Ellos querían mandar, y Jesús les exhortó al servicio humilde de los hermanos. Es ésta una lección perpetuamente válida en la Iglesia, no sólo para los que tienen cargos de dirección en la comunidad cristiana, sino también para todos los miembros de la misma, llamados igualmente al servicio recíproco. Jesús es consciente de que el ideal que él propone va contra las tendencias más innatas del espíritu humano, que impulsan a dominar a los demás, a utilizarlos e incluso a abusar de ellos.
Por eso, después de recordar lo que acostumbra a pasar en las sociedades humanas, en las que predomina la prepotencia, la tiranía y el abuso de poder, dice con fuerza: «No será así entre vosotros». Y formula un principio que debería guiar todas nuestras relaciones en el interior de la comunidad cristiana: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo».
Ésa es la norma perenne. Ojalá que con la protección del Apóstol Santiago en España, que lo venera como patrono, se sigan viviendo los auténticos valores cristianos y se difundan por toda la tierra.