Cornada de lobo | pedro trapiello
Con esquilas
La montaña sin esquilas, zumbos y esquilones no suena a montaña. Si sólo graznan en sus cielos las chovas y las cornejas, mala señal. El silencio entre peñas acojona. Se necesita el flautín de un alimoche, el rabel del águila o la sombra del quebrantahuesos para saber si sigue escrita allí la vida que bulló veinte siglos seguidos hasta anteayer. Los buitres, por ejemplo, eran nube hace doscientos años, cuando sólo en los puertos de Babia se contaban doscientas cincuenta mil merinas que subían cada mes de junio desde las dehesas extremeñas. Tanto rebaño entre peñas siempre deja un rastro de ovejas descalabradas, modorras o malparidas. Cabras y corzos también dejan el suyo. Estupendo, se decía la avifauna carroñera. Pero se fueron un día casi todas las ovejas; las cabras, prohibidas; y a los corzos, cartuchazo; pon como sesenta años atrás; entonces, el último quebrantahuesos que quedaba en las montañas leonesas no tuvo otro remedio que emigrar a la pirenaica Jaca para trabajar de atracción natural en los cielos de una estación de esquí. Manolín el de Llánaves y Justón el de Portilla también tuvieron que hacerlo, pero como carne de cañón uno y carne de andamio el otro, nada de volar... ¡de jodidos no salimos!, se decían siempre al saludarse si coincidían en verano.
Para alimentar tu envidia sana y tus comparaciones insanas, las cámaras del Tour se empacharon de paisaje en la cara francesa de los Pirineos, ese interminable acordeón de montes frondosos y de pastizales como de cuento suizo, bosque tupido y pradería, poco que ver con las peñas calvas de Babia, te dijiste, recordando el hacha y el fuego que clarearon antaño la comarca leonesa para recibir a tanta oveja; y añades que no sabes qué es peor, si no tener quebrantahuesos o, al final, no tener además ni bosques ni ovejas... ni Tour, sino una Vuelta que meterá nuestras cámaras por los secarrales de la Iberia atorrada para informarnos que el pelotón va mucho más lento que el desierto que está cruzando.
Desde estas montañas se ve el desierto como una amenaza lejana, pero ese abandono de las tareas seculares, ese silencio de esquilas y ese callarse la tierra están dibujando la soledad. Y la soledad es el vestíbulo del desierto. 1396927554
Estup Es