¿A qué aspiramos?
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
L as lecturas bíblicas de este domingo nos plantean de tres maneras distintas un interrogante: ¿qué es lo fundamental en mi vida? ¿Qué mueve mi inteligencia, mi corazón y mis mejores energías? ¿Dónde y en qué cifro mi felicidad? ¿Es válido lo de «tanto tienes tanto vales» o hay algo más en la vida? Cada uno debe dar una respuesta y, de hecho, con nuestra vida y comportamientos la damos. Pero también hay una cosa clara: no todo vale y, nos guste o no, para ser de verdad cristianos sólo hay un camino, el que marca Jesús en el Evangelio y que no es negociable en su esencia.
La enseñanza de Jesús es que descubramos a la luz del evangelio la postura que debemos asumir ante la riqueza, sea mucho o poco lo que tengamos en posesión. Todos deseamos ser felices, todos queremos vivir bien. Y también lo quiere Dios: que a nosotros, sus hijos queridos, no nos falte lo necesario.
Pero sabiendo que el bienestar no es una aspiración absoluta, no puede lograrse a costa de otros valores superiores: libertad de espíritu; disponibilidad, apertura y confianza ante Dios de quien hemos de esperar la salvación; sentido de responsabilidad social, compartir con los que no tienen; respeto a los derechos de los demás, especialmente de los más pobres.
Y tenemos que reconocer que hay mucho por hacer. Ahí siguen boyantes el intercambio desigual, la extorsión financiera, el monopolio de la tecnología y de la información científica, las mafias, el abuso de las entidades de crédito, la letra pequeña de tantos contratos-¦. Y, sobre todo, un «eclipse de solidaridad real». Hace años Mario Benedetti decía que «la Iglesia restringe su solidaridad a la parcela de las oraciones». Ciertamente no es así.
Y para desmentirlo ahí están esos miles de misioneros extendidos por todo el mundo conviviendo con los más pobres de la Tierra o la labor que en estos momentos de crisis está haciendo Cáritas en España y Manos Unidas en el mundo. Pero, tal vez, hay algo cierto en sus palabras, ya que con frecuencia nos contentamos con celebrar fechas como el Domund o el Corpus, rezando una oración distraída o aquilatando el donativo que pueda tranquilizar nuestra conciencia; o dando consejos que no «toquen el bolsillo».
La espera de la vida futura no puede alejarnos de las responsabilidades presente, pero sí empujarnos a dar a cada cosa su verdadero valor. Hemos de reconocer que la relación existente entre el afán de riquezas y el evangelio de Jesús es nula.
A una sociedad como la nuestra, apasionada por los bienes materiales y el confort, que ni siquiera deja indiferentes a los más fogosos contestatarios de la sociedad de consumo, ávida de loterías y quinielas, lo único que podrá equilibrarla y darle ese sentido que necesita es el redescubrimiento del destino verdadero del hombre. Un destino que está en Dios, en todo lo que él significa para el hombre.