Ciencia y fe ante el cosmos
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
En su reciente libro «El Magnífico Designio», el famoso astrofísico Stephen Hawking parece afirmar que el mundo puede explicarse sin apelar a un Dios creador. Su postura ha causado un enorme revuelo.
Hace unos años, la Universidad Pontificia Comillas publicaba un libro titulado «Pensamiento científico y trascendencia», en el que se recogían las aportaciones a un interesante seminario sobre el tema. Hoy se pueden recordar unas líneas de la ponencia del profesor Javier Monserrat: «En el proceso evolutivo generado por el Big bang, ha ido apareciendo una gran densidad de orden, tanto en los objetos puramente físicos como en los objetos biológicos.
La ciencia busca conocer las causas de los fenómenos y se pregunta: ¿qué causas reales han contribuido a producir ese complejísimo orden que constatamos? Y la verdad es que la ciencia actual no acaba de detectar cuál puede ser, en efecto, el sistema de causas reales que lo han producido».
Este tono de serena pregunta ante los límites de la ciencia recorre todas las páginas del libro. En realidad nos alerta sobre los distintos ámbitos de conocimiento que es necesario atribuir a la ciencia y a la fe.
Hace unas semanas un lector escribía al teólogo en la revista italiana Famiglia Cristiana: «Me parece que la teoría del Big bang no se mantiene en pie. Sólo Dios puede haber puesto orden». Pues bien, en el número del 19 de septiembre de 2010, Giovanni Tangorra le responde diciendo que «la realidad que nos circunda se presenta guiada por una serie de leyes que ponen orden en el mundo. Pero se trata de un orden distinto del que estaríamos dispuestos a imaginar. De hecho está hecho de fuerzas que se oponen, que destruyen y construyen, pero cuyo resultado final no escapa ni siquiera al observador más distraído: la instalación de la vida».
Después de esta consideración del orden del universo, Tangorra añade algo que puede sorprender al que le escribe en nombre de la fe: «Merece la pena recordar que la teoría del Big bang fue por primera vez elaborada en 1927 por un sacerdote y astrofísico, el abate Georges Lem¢itre. Por la ironía de la fortuna, en los ambientes científicos de entonces no fue tomada en serio por considerarla «teológica». Esta teoría reconoce leyes de simetría sin las cuales no se habría podido producir lo que hoy es el universo».
Es interesante esa alusión a Georges Lematre (1894-1966). Este sacerdote belga afirmaba en 1927 la expansión total del universo, cosa que dos años más tarde descubriría Edwin Hubble en el observatorio del Monte Wilson en California. En 1931 sostenía que el universo se originó en la explosión de un átomo primigenio, que muy pronto se conocería con la imagen del Big bang. Científico y creyente, Lematre sería presidente de la Pontificia Academia de las Ciencias.
Lo menos que se puede decir es que si algunos científicos deciden apartarse de la fe, la fe no puede tener miedo de la ciencia.