La gratitud
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Las lecturas de este domingo son un canto a la gratitud profesada y proclamada. No basta contener talante interior de gratitud, sino que es preciso demostrarlo. ¡Qué importante es reconocer los beneficios que otro nos ha hecho, saber agradecer sus palabras y obras buenas! Saber agradecer es mirar positivamente los gestos, las actitudes, las manos abiertas de los que nos favorecen. No es simple cuestión de cortesía, de buena educación, sino de buen corazón. Por eso se puede afirmar que el cristiano debe tener siempre mirada limpia para ver las continuas acciones gratuitas de Dios en favor nuestro.
Diez leprosos son los que recurren a Jesús pidiendo recobrar la salud. Todos esperaban un gesto maravilloso, un prodigio de Jesús. Pero Jesús se limitó a ordenarles que hicieran lo que tenían que hacer, cumplir la ley y presentarse al sacerdote. Y cuando iban de camino, quedaron limpios. La mayoría pensaron que, si habían hecho lo que tenían que hacer, había pasado lo que tenía que pasar. Y se quedaron tan tranquilos y felices. Pero el samaritano vio en su curación la mano de Dios y volvió a Jesús a darle las gracias. Lo mismo que en la vida, convencidos de que todo es fatalidad o destino, hemos perdido la sensibilidad para ver en todo la mano providencial de Dios. Cuando las cosas nos van bien, pensamos que es lo normal. Pero si van mal, fácilmente echamos las culpas a Dios o tomamos pie de la contrariedad para sentenciar que Dios no existe, que no puede existir. Todavía son muchos los creyentes que ven en Dios a alguien a quien recurrir sólo en los momentos difíciles que la vida tiene; alguien de quien echar mano para que tape nuestros agujeros y supla nuestras deficiencias, como si su tarea fuese la de ir parcheando aquellos disparates que nosotros, frecuentemente con nuestra libertad mal entendida y peor usada, vamos cometiendo. Cuando las cosas nos van bien, Dios no nos hace falta para nada, que se quede tranquilamente en su cielo, rodeado de ángeles y de santos; cuando las cosas vayan mal, ya echaremos mano de Él: su obligación es cuidar de nosotros, como dicen, somos sus hijos y Él es Padre. Es cierto que hay quienes, llegado el momento, saben pasar del dios-curandero al Dios Padre Salvador; pero el camino no es fácil (muchas veces ni siquiera resulta ser tal «curandero» y, aparentemente, deja al hombre abandonado a su suerte: es el momento de la crisis en la que se pierde esa fe infantil y absolutamente deficiente, para quedarse sin ninguna fe o para alcanzar una fe madura). También en el caso de los leprosos fue la «minoría más mínima» (solamente uno) la que recorrió ese camino de maduración en la fe.
Se tratará, pues, de buscar las huellas del paso de Dios a través de la urdimbre de los hechos más ordinarios, de no dar por sabido todo lo que nos es ofrecido, de aprender a descubrir las «improvisaciones de Dios», aun en los dones más frecuentes. Entonces también mi vida será un gran «memorial» de las obras del Señor.