Barreda, el síntoma
A la última | Antonio Casado
Declina la estrella política de Zapatero y la causa electoral del PSOE cae en un agujero negro. Aunque Moncloa aún sigue viendo la depresión del electorado socialista como algo ocasional y recuperable, es inevitable asociar la parábola del barco que se hunde y las ratas que huyen a ciertas actitudes. Como la del presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, que acaba de demostrar que no sabe estar a las duras como en otro tiempo estuvo a las maduras. Viejo tema de debate este de la relación entre el dirigente y sus siglas. Relación de dependencia mutua. La propia o debida del trabajo en equipo, a expensas de unas ideas, un proyecto y un liderazgo comunes. Si alguien se desmarca de ese vínculo en función de su conveniencia particular está incurriendo en malversación de confianza respecto a quienes en otro tiempo le designaron y le reconocieron como uno de los suyos.
Los últimos sondeos otorgan la máxima ventaja que el PP ha llegado a tener desde la victoria socialista en las elecciones generales de 2008 por 3,5 puntos. Nada menos que 14,5 puntos de diferencia a escala nacional. Pero el declive de las siglas también va por barrios. Ni Castilla-La Mancha se libra, a pesar del larguísimo reinado socialista, donde se celebrarán elecciones el próximo 22 de mayo. En sede mediática Barreda se ha dirigido a sus electores para pedirles que no reparen en la ruina del partido a escala nacional, como si él no tuviera nada que ver, y se centren en la opción representada exclusivamente por él y por la franquicia regional de las siglas.
La actitud de Barreda es insolidaria. Contrasta con la de Tomás Gómez que, aunque acaba de doblarle el brazo a los dirigentes nacionales de su partido en el pulso que ambos han librado en las primarias de Madrid, se manifestó leal a Zapatero y a las siglas antes y después de haber recibido el respaldo de los militantes en la disputa por la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid.
De todos modos el síntoma es demoledor. Pone sobre la mesa una prueba más de la gran depresión que aqueja al electorado socialista. Juega a la contra del cierre de filas decretado tras las primarias de Madrid. Y alienta las hipótesis sobre la descomposición del zapaterismo.