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pedro trapiello
León

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El amor, por lo general, siempre dura menos que el tatuaje que lo proclama. Ese es el problema del que ordena «tatúame a mi novia» para tener que mascullar algún día el «maldita la hora, maldita japuta». La cosa es menos grave si esa declaración estampada en el pellejo naufraga en esos retablos barrocos que algunos se tatúan sobre la espalda toda, en piernas, brazos, barriga... y hasta detrás de la oreja, el rincón de las moscas.

Socialmente, el tatuaje nunca estuvo bien visto en la cultura occidental por ser un rasgo salvaje de pueblos primitivos (son fascinantes los tatuajes polinesios de samoanos o maoríes) o por delatar el origen presidiario de gentes patibularias y facinerosas (en el maco es un rango llevar tatuados tres puntos cerca del pulgar). Ya desde el siglo XVIII se vienen tatuando los marineros. Pero, mucho antes, el cristianismo había prohibido su práctica. Tatuarse era de baja estofa. Y además, algo privativo del macho. En la mujer no cabía el tatutaje ni para disimular una cicatriz, aunque en el antiguo Egipto eran sólo ellas las que cosían la piel con tinturas; y así pervive la costumbre hoy en algunos pueblos africanos.

En Grecia y Roma se usó el tatuaje para consignar públicamente a criminales y convictos. ¡Mira tú por dónde!, exclama Sócrates Valdueza: sobran hoy reincidentes que merecen lucir esta pena en lugar bien visible, pongamos que en la frente, rotulándoseles bien claro un « yo pego a las mujeres », « yo robé al tesoro público », « soy un corrupto », « estafo », « abuso de los niños »... Y si tatuaran algunos « tontolculo irremediable », volvería a estar de moda llevar boina hasta las cejas.

Hoy lo raro es ver un rapaz sin tatuaje, una chavala de instituto sin grutescos o una tontita sin libélula de colorines saliendo del escote (jo, Nevenka se tatuó un gran Piolín en su muñeca). Hay torsos de futbolistas que ya parecen una página de huecograbado del ABCésar . La carne de discoteca ha de ir tatuada o no mola (y mostrar aro en orejas, piercings, fierros en las cejas o tornillos en los pezones). Tatuajes en japonés o tibetano son lo más. Rafita cree que en Túnez le tatuaron su nombre y apellidos con caracteres árabes, pero en realidad allí le pusieron «Putoespañol Perroinfiel González».

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