Yo os digo...
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El evangelista Mateo pone en frases de Jesús un repaso rápido de cuanto la Ley (la Toráh de Moisés) exigía a sus contemporáneos. Y la advertencia de que Él no ha venido a destruirla sino a darle su cumplimiento. Pero hechas estas dos afirmaciones, Jesucristo se dirige a los suyos, a los que con Él estaban en aquel momento histórico y a los que a través de los tiempos seguirían. Y pone ante sus ojos un reto: la Ley decía esto y aquello, pero para vosotros la Ley, que hay que cumplirla, hay que superarla. Cristo va más allá: «Yo os digo...».
Jesús va a la raíz y no sólo a la observancia exterior. La mayor profundidad de Cristo respecto a nuestro obrar humano es ésta: él va a las raíces de nuestra conducta, no se contenta con el mero «cumplimiento» exterior. No sólo no nos podemos contentar con el «no matar»: hay otra manera de «matar» a los demás con nuestros juicios interiores, o con las palabras hirientes, o el odio, o el desprecio, o el insulto, o la actitud de rencor. Podemos matar la fama de otros, sin necesidad de sacar el cuchillo o la pistola. Cristo nos dice que debemos cuidar esta raíz: si no matamos, pero anidamos odio dentro de nosotros, todo queda manchado en nuestra conducta. Lo mismo pasa con el adulterio, que no sólo sucede cuando de hecho rompemos las barreras, sino también cuando consentimos los deseos o nos dejamos envolver en esta carrera hedonista de la sociedad actual. El otro ejemplo que él pone, el del juramento en nombre de Dios, tal vez no es tan actual en sus manifestaciones. Pero también aquí su llamada es a una actitud interior: el amor a la verdad, la claridad, la autenticidad. Debería bastarnos el «sí» y el «no», sin necesidad de mayores juramentos: si nuestra fama de personas creíbles fuera clara, no necesitaríamos de otros apoyos a nuestro «sí». Lo principal es que, no con espíritu de esclavos (temerosos del castigo), no por fatalidad (sino con libertad interior), sepamos orientar nuestra conducta moral a cumplir en todo momento la voluntad de Dios, responsablemente, siguiendo no la mera costumbre o el «ejemplo» que nos da la sociedad (o incluso sus leyes y sus personajes), sino el ejemplo y la enseñanza de Cristo Jesús.
Una fe para la vida, eso es lo que quiere el Señor para los suyos. Una fe que se refleje en las relaciones sociales, en las actitudes individuales y colectivas de los que se llaman cristianos. Una fe que se refleje en el trabajo, en el sentido de la justicia, en el compromiso con los débiles, en la capacidad de diálogo y de comprensión, en la apertura al amor, un amor que porque está centrado en Dios, es capaz de resistir la erosión del tiempo y la carcoma de la desilusión. Una fe para la vida que sea capaz de iluminar al mundo dándole sentido y asegurándole que es posible que el hombre deje de ser enemigo del hombre para convertirse en hermano. Es el Evangelio de hoy un auténtico reto para los cristianos. Pero, no lo olvidemos, estamos llamados a aceptar ese reto.