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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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El miércoles pasado, con la imposición de la ceniza, comenzábamos uno de los tiempos litúrgicos más intensos. El Papa Benedicto XVI nos anima en su mensaje cuaresmal a vivirlo con intensidad y profundidad. Es un tiempo para redescubrir la importancia del bautismo y de los compromisos bautismales. El Bautismo no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo. Por eso los sucesivos domingos cuaresmales nos trazan la senda a seguir.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida. Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso», en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno , que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa -"y no sólo de lo superfluo-" aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo.

En nuestro camino también nos encontramos con la tentación de tener, de acaparar, de amasar dinero, lo que anula el primado de Dios en nuestra vida. La avaricia provoca violencia y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna , es decir, el compartir.

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Idolatrar los bienes materiales, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que aliena al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paternal de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro?