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León

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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El que no aprecia la vida no la merece». Seguro que con esta frase Leonardo da Vinci no pretendía condenar a muerte a los que no aman la vida. Pero al menos nos enseñaba que si la vida es un don inmerecido, hay que aceptarla con gratitud y estimarla como el regalo más precioso que podemos recibir.

La vida propia y la de los demás. La vida de cada uno es un don para toda la sociedad. Si hay que aceptar con gozo la vida de los otros, es preciso hacer de la propia vida una ofrenda generosa y un acto de servicio. «La vida se nos da y la merecemos dándola», como escribía Rabindranath Tagore.

Con ocasión de la fiesta de la Anunciación del ángel a María, en muchos lugares se celebra «el Día de la Vida». Con el anuncio del nacimiento de Jesús comienza una nueva era en la que la vida humana halla su origen, su sentido y su culminación en la vida misma de Dios.

Precisamente en la fiesta de la Anunciación a María de 1995, el papa Juan Pablo II firmaba su carta encíclica sobre «El Evangelio de la vida». En ella recuerda hasta diez veces la urgencia de contraponer una auténtica «cultura de la vida» a la moderna «cultura de la muerte».

Es cierto que nunca como ahora se ha hablado del derecho a la vida. Pero nunca como en estos últimos tiempos se ha despreciado tanto la vida humana. A los genocidios perpetrados por las dictaduras de un color y de otro hay que añadir los atentados contra la vida patrocinados y legalizados por las modernas democracias.

Juan Pablo II indicaba dos causas principales de esta trágica incongruencia. Por una parte, está la moderna idolatría de la libertad. El hombre de hoy se considera autorizado para establecer los límites entre el bien y el mal. Sobre esa base la persona decide sobre su vida, pero también sobre la vida de los demás.

Y por otra parte, menciona el Papa el eclipse de Dios que inevitablemente lleva al eclipse del ser humano. Cuando se ignora o se niega al Padre, es difícil reconocer la dignidad de sus hijos. Individuos y grupos de poder se creen autorizados a ocupar el puesto de Dios y a manejar las vidas humanas como si se tratara de cosas o de objetos.

La Jornada de la Vida ha de llevarnos a valorar la nuestra. Ha de movernos a defender la vida de las demás personas, especialmente las más débiles y necesitadas de protección. Y ha de darnos una valentía profética para anunciar el valor de la vida y denunciar los atentados que ésta sufre por una parte y por otra.

Juan Pablo II cerraba aquella encíclica con una oración, en la que confiaba a María la causa de la vida. Al mismo tiempo, pedía para los creyentes la gracia de «acoger el Evangelio de la vida como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia».

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A esa triple tarea se convoca a todas las personas de buena voluntad, para construir la civilización de la verdad, del amor y de la vida.