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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Un año más celebramos la Pascua, no sólo como recuerdo anual de la Resurrección, sino como una realidad objetiva y perenne. Jesús es el Señor, el que muere en la Cruz por amor, que vive para siempre y camina con nosotros hacia la casa del Padre.

A través de su muerte, como la de un grano de trigo, Él llegará realmente a todos, para que todos puedan contemplarlo por la fe. El bautismo, sacramento pascual, nos lo recuerda con fuerza. En el bautismo el Señor entra en nuestra vida por la puerta de nuestro corazón. Nosotros no estamos ya uno junto a otro o uno contra otro. Él atraviesa todas estas puertas. Ésta es la realidad del bautismo: Él, el Resucitado, viene a nosotros y une su vida a la nuestra, introduciéndonos en el fuego vivo de su amor. Formamos una unidad: somos uno con él y de este modo somos uno entre nosotros.

De primeras esto puede parecer muy teórico y poco realista. Pero cuanto más vivamos la vida de bautizados, tanto más podremos experimentar la verdad de estas palabras. En realidad, las personas bautizadas y creyentes nunca son extrañas las unas para las otras. Pueden separarnos continentes, culturas, estructuras sociales o también distancias históricas. Pero cuando nos encontramos, nos conocemos en el mismo Señor, en la misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor, que nos conforman. Entonces experimentamos que en lo más profundo de nosotros mismos estamos enraizados en la misma identidad, a partir de la cual todas las diversidades exteriores, por grandes que sean, resultan secundarias. Los creyentes no somos nunca totalmente extraños unos para otros. Estamos en comunión a causa de nuestra identidad más profunda: Cristo en nosotros. Así la fe es una fuerza de paz y reconciliación en el mundo; la lejanía es superada, pues estamos unidos en el Señor.

En el bautismo Él nos atrae hacía sí, hacia la vida verdadera. Nos conduce por el mar de la historia, a menudo tan oscuro, donde frecuentemente corremos el riesgo de hundirnos. En este sacramento nos toma de la mano, nos lleva por el camino que atraviesa el Mar Rojo de este tiempo y nos introduce en la vida eterna, en la vida verdadera y santa. Apretemos su mano. Pase lo que pase, no soltemos su mano. Caminemos, pues, por la senda que conduce a la vida. Cristo es el camino, la verdad y la vida. Siempre hemos de estar «convertidos», de dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo para luego ser levantados hacia lo alto, hacia la verdad y el amor.

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En este día de Pascua damos gracias al Señor, porque en virtud de la fuerza de su Palabra y de los santos Sacramentos nos indica el itinerario correcto y atrae hacia lo alto nuestro corazón. Y lo pedimos así: Señor, haz que nos convirtamos en personas pascuales, hombres y mujeres de la luz, llenos del fuego de tu amor.