A un milagro de la santidad

Juan Pablo II será beatificado en un proceso exprés anhelado desde su muerte en el 2005 y tras recibir 251 peticiones de milagros realizados por el papa polaco

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isabel urrutia | madrid
León

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De niño siempre jugaba de portero. Tenía manos grandes, no se le doblaban las muñecas y, sobre todo, se las arreglaba para caer sin hacerse daño. O no demasiado. Se le disparaba la adrenalina ante el peligro y era valiente. Lo suyo no era meter goles sino salvaguardar la red. La chavalería se lo rifaba, lo mismo polacos que judíos, porque el pequeño Wojtyla despertaba confianza entre los palos. Así empezó a forjarse un carácter que no rehuía las responsabilidades, más bien todo lo contrario.

Costase lo que costase, Wojtyla no tiraba la toalla. Era vigoroso, directo y tenaz. Algo que saltaba a la vista: en cuanto se agarró a la balaustrada del balcón del Vaticano, nada más ser elegido papa el 16 de octubre de 1978, quedó claro que no era italiano. Su estilo se desmarcaba del talante cadencioso, dulce y pelín amanerado de muchos de sus predecesores.

Hoy será elevado a los altares en una misa presidida por Benedicto XVI. En abril del 2005, con motivo de los funerales de Juan Pablo II, aterrizaron en Roma más de tres millones de personas, así que ahora la Ciudad Eterna se prepara para otra avalancha. Los gritos de «Santo Subito» («Santo ya»), que muchos corearon con el cuerpo de Wojtyla todavía caliente, hallaron inmediatamente eco en las paredes graníticas de la Santa Sede. La maquinaria del Vaticano se puso las pilas y no perdió ni un segundo. En la era de la globalización y las nuevas tecnologías, cuando la secularización campa por sus respetos no debía de caer en saco roto tanto entusiasmo y devoción.

«Máxime cuando se cuenta con un lobby -”el Opus Dei-” que mantiene vivo el interés. No perdamos de vista que los procesos de canonización precisan de dinero». Conclusión: a Juan Pablo II se le dispensó de los cinco años habituales entre el fallecimiento y la apertura del proceso de beatificación. Acto seguido, la criba del aluvión de milagros que comenzó a atribuirse al papa polaco se hizo con rapidez inusitada.

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Nada menos que 251 llegaron a manos de la Congregación para la Causa de los Santos. ¿Cuál es la diferencia más significativa entre beato y santo? Muy fácil: viene determinada por los milagros. Al beato se le exige uno y el santo necesita dos para llegar a ser objeto de culto universal, lo mismo en Roma que en Manila o Chicago. Los beatos se tienen que conformar con la adoración local, ya sea donde nació o ejerció su labor.