La Santa Trinidad
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo»; «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con vosotros». Son fórmulas habituales en la Liturgia. Hoy ésta pone el acento en estas fórmulas que se remontan a los orígenes de la Iglesia y nos recuerda que en estos enunciados Dios mismo nos dice quién es. Los cristianos conocemos a Dios porque él ha querido hablarnos, ya que ha sido Él, no nosotros, el que ha querido ponerse en contacto con los hombres.
Esta fiesta no es ocasión para hacer sutiles razonamientos. Es la oportunidad de entender que el amor es la síntesis de nuestra fe: El Padre es quien nos habla, nos elige, nos ama y nos protege; el Espíritu es quien nos reúne en el amor y en la unidad; el Hijo es quien nos salva en su muerte y resurrección. Por eso la experiencia religiosa no es un privilegio, sino un compromiso: Si somos hijos queridos de Dios, vivamos como hermanos; si escuchamos su voz, cumplamos su palabra; si Dios nos ha salvado, alegrémonos sabiéndonos salvados y comuniquemos a otros esa Buena Nueva.
Para el cristiano, vivir es con-vivir, es amar. El encuentro del hombre con Dios es imposible si está separado del encuentro del hombre con el hombre. Sólo vivimos si convivimos, porque somos imagen de Dios trino, comunidad de amor. Sólo en comunidad somos signo en el mundo de nuestro Dios trinitario, y sólo en comunidad nos realizamos como personas verdaderas. Resultan así iluminadas nuestras relaciones humanas: seremos imagen de Dios siendo familia, comunidad. Nunca solos, porque Dios es comunión de personas.
La Santa Trinidad es el mismo Dios que entra en comunión con nosotros: el Padre se hace «nuestro Padre», el Hijo nuestro hermano y el Espíritu nuestra vida. La Trinidad es el misterio que funda nuestra convivencia. Para vivir este misterio se requiere que todos seamos una fraternidad en el Hijo que nos acompaña, y que todos participemos de una misma esperanza y un mismo amor, una misma vida gracias al Espíritu Santo. Dios, uno y trino, está por encima de nuestras unidades y pluralidades. Su misterio nos orienta para realizar una comunidad en la que la unidad de todos se armonice con las legítimas diferencias. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, sólo puede realizarse en la convivencia y en el encuentro amoroso con sus semejantes.