Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Los textos de la Liturgia de la Palabra de este domingo se centran en la preocupación por el hermano como una aplicación del amor al prójimo. Con frecuencia reducimos las obligaciones del amor fraterno a hacer el bien a los demás. Vivir a favor de los demás, construir un mundo más justo, perdonar y reconciliar, son las formas ordinarias en que aplicamos el amor cristiano. Pero, a menudo, no nos parece necesario ir más allá: de lo que haga él en su vida privada o pública, ya no nos sentimos responsables. Si nuestro hermano peca, no por eso hay que dejar de hacer el bien, pero nuestra responsabilidad -pensamos- no llega a más: él es el único responsable de sus actos. No es eso lo que nos dice la Palabra de Dios: no basta con estar en una actitud benévola hacia nuestro hermano; el amor cristiano va más allá. Es preciso llegar a sentirse corresponsable de su vida. Sus pecados no son «cosa suya», sino también nuestra. Precisamente porque se le ama, debemos sentir sus pecados como un gran fracaso también nuestro; por eso habrá que tratar de evitarle que se mantenga hundido en el pecado. Es hora ya de abandonar una concepción individualista del pecado. El pecado, como la gracia, tiene repercusiones colectivas, comunitarias. A veces decimos «yo no me meto con nadie» y hasta lo entendemos como algo bueno. Pero, pensar así es demostrar que la norma suprema es vivir cada uno para sí mismo y de preocuparse de los demás sólo en aquello que nos interesa. Sin embargo, hay una práctica peor: es la de meterse en la vida de los demás con mala intención, buscando hacer daño. En ciertos ambientes nuestros (entre vecinos, en el trabajo, en la compra...) es muy común meternos a criticar a los otros. Algo que parece a veces intrascendente, pero que a menudo causa mucho dolor.

En el evangelio de hoy hemos escuchado la opinión de Jesucristo sobre este tema. Un juicio que se basa en aquello que ya hemos encontrado en la primera lectura: todos somos responsables los unos de los otros. Y por ello, porque somos responsables mutuamente de nuestra vida, es necesario que nos metamos en la vida del otro -cuando sea oportuno, cuando podamos ayudar- siempre con amor. Ni es cristiano despreocuparse ni lo es criticar para perjudicar. Seguramente todos lo haríamos mejor si entendiéramos qué significa ser hermanos, hijos de un mismo Padre. El evangelio de hoy comienza diciendo: «Si tu hermano...». Aquí está la clave de cómo hemos de actuar con los demás: ni indiferentes, ni superiores, sino hermanos.

Jesús nos invita, sobre todo, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano». Cuánto bien nos puede hacer a todos esta forma de corrección que sea fraterna, amistosa, leal, oportuna y sincera, cuando andamos desorientados.

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