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PEDRO TRAPIELLO
León

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Entraba al río por el puto medio porque le iba en el carácter y en el mando, porque le gustaba pescar a cucharilla y porque le asistía desde la orilla una cuadrilla de civiles, guardas forestales y escoltas, amén de algún amigo, quizá alguna autoridad y su instructor de pesca en los ríos leoneses, uno que fue campeón provincial y que sabe latín de tablada, griego de chorrera y refranes con anzuelo.

Lo mismo ocurría cuando iba a cazar corzos (ya, y también urogallos, dijo el rumor) a la reserva de Ancares, aunque aquí con más barullo y guardería, más civiles, más compañeros de montería y más intendencia en el campamento-base donde mandan la fritanga, el brindis, la fotos con las piezas abatidas y los negocios al ojeo. Y la política, claro, la política ante todo, que para eso se inventaron las cacerías de nobles, caciques o mercaderes en las Babias de todo el mundo hace más de seis mil años, que se sepa.

Se casó con una leonesa de apellido gallego y vasco (como él) y bien dotada en solares por aquí y algún fincorro por ahí. Sin embargo, no fueron su mujer ni los lazos familiares la única razón que le ha traído a León en numerosísimas ocasiones. Y le seguirá trayendo, seguro... o al cruzar, porque es muy de parar aquí, muy parador él. Pero la pesca, la caza y la política fueron sin ninguna duda los motivos más frecuentes, « todo hay que decirlo, mire usted ».

Cuando su mujer ( vive como una viuda , le confesó a su biógrafo Rogelio Baón) murió hace quince años, se dijo que se le veía algo abatido y que eso le haría ir dejando la política de primera línea. Le profetizaron retiradas. Ya. Ni uno de los siguientes años faltó a su jornada de pesca en el Porma, pese a andar bastante renco de remos. Mala señal para el enemigo: esa terquedad de trotar por rudas pedreras del río con ochenta años (ahora ya no por el puto medio, sino por la orilla) demostraba que no estaba dispuesto a ir dejando ni su ordeno y ni su mando.

Pero hace días anunció que se retira del todo de la política. Va a cumplir noventa. ¿Lo va dejando al fin? Ni te lo creas. ¿Piensas acaso que dejará de escribir o de dictar o de leer o de sentenciar cuando le consulten... o no?

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Pongamos que hablo de Fraga.