CORNADA DE LOBO
Anda, tose
El aire tiene amos... y tú, perdida ya definitivamente la propiedad del agua, creyendo que al menos el viento era la última poesía libre de la naturaleza. ¿Crees que no le valen puertas al aire ni fronteras porque sopla para todos de aquí a Copenhage o a Estambul cruzando cumbres y océanos?
Aire de todos, dices, sagrado aire.
Hace tiempo que ese aire es de quien lo roba al pasar sobre su casa o industria atufándolo sin duelo y empaquetando en el viento sus malos humos, su mierda voladora y su veneno al vecino.
Volvamos a una noticia que, por ser de hace un mes, seguro que se aviejó o murió del todo: «La calidad del aire que se respira en las ciudades españolas sólo en tres alcanza los mínimos de salubridad (Santiago, Logroño y Badajoz)». El resto apesta lo suyo y complica la salud de los vecinos.
Y aquí estamos nosotros creyéndonos un privilegio porque el balón de nuestro oxígeno se hincha cada noche en esas peñas que ves tan cerca.
Ensanchando los pulmones y espurriendo los brazos, creemos que aquí vamos sobrados en cuanto a cielos de poeta y ocasos de pintor... ¡bocanada!, ¡aire limpio y fresco!...¿si?... ¡aaaatchís!... cuidadín con las alergias al polvo de cemento en suspensión rebozado de monóxido y sulfuro... rico-rico-rico, qué gran bocado... y le ponen perejil o una maceta gigante para adornar la tapa o para echarle la culpa a las gramíneas.
León fue siempre ciudad de aire corrido y sitiada por un ancho cinturón de huerta y arboleda, según la describen Ortega o Jovellanos. Escasa siempre en industrias, el aire de la ciudad sólo se espesaba con humo de leña o cisco en esos pocos días invernales en los que se tumba la niebla encima, el frío pesa y las chimeneas vomitan al suelo su penacho blanco. El resto del año vencía ese aire fresco que nos sopla a menudo de Galicia a la meseta, un aire que se lava en el océano diez horas antes de llegar aquí, aire que barre...y moja. León respiraba. Coches no había. Caballos, bueyes o pollinos es cierto que cagaban las calles, pero el agrio tufo de sus carajones, más que polución, era perfume, olor natural de pueblo y vida trajinada... ¿qué le verían ahora a este aire de León para no pillar siquiera un mísero aprobado?...