CORNADA DE LOBO
En la bodega
Las bodegas excavadas en tierra son en esta provincia un patrimonio monumental de muchísima población y escasa estima (a ojo de mal cubero podrían ser no menos de sesenta mil; no hay otro censo; ni ley que las ampare).
Son cuevas breves en una buena parte, grandonas el resto y grandiosas como basílicas unas cuantas. La segunda mayor bodega de Europa hecha cueva está no muy lejos de tus narices, en San Adrián del Valle, seis mil metros cuadrados de claustros ojivados que se recorrían en vagoneta... apabulla.
Entre sus magníficas cubas de roble hay una de más de cien mil litros, descomunal y única (la famosa de la abadía de Sahagún sólo hacía ochenta mil). De esta catacumba gigante salían litúrgicamente cada año un millón de litros como un millón de jaculatorias... ¡cómo no acordarse de Dios los carreteros en sus trallazos!... ¡y las mulas!
Son varios los pueblos leoneses que superan un censo de trescientas bodegas y prácticamente no hay pueblo de páramos o riberas que no tenga unas pocas o unas cuantas, que el vino fue sagrado en la cultura tradicional, moneda de cambio o multa en cántaras, pasaporte contra estos fríos del alma, matapenas obligado.
Hay bodegas con mil años, más que las catedrales, y no están consideradas monumento de guardar. Son centenares las que superan los tres o cuatro siglos y se la sopla al virrey del patrimonio.
Pero, como obra zapadora e ingenio humano, no hay cosa más admirable en diseño y utililidad. No hay una igual a otra; cada cual, a su aire. Y lo más paradójico, ninguna fue proyectada o hecha por arquitectos o ingenieros que jamás soñaron para su obra la vejez ya demostrada en tantísimas bodegas que vemos por esos campos agazapadas y anónimas abriendo apenas sus ojos alineados en algún cuesto ciego y no dejando sospechar al forastero o al ignorante lugareño todo lo que se esconde tras esa pequeña y robusta puerta con su joroba de tierra encima, pura duna de barro y cardo coronada por las canijas chimeneas de sus ventanos.
Mudas de mostos y sentido, muchas sucumben al abandono, pero ni siquiera la incuria logra abatir a la mayoría que quizá se rían porque nos sobrevivirán.