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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La alegría de la Pascua nace de la buena noticia de que el sepulcro está vacío y de que el Resucitado está en medio de nosotros. Esto es lo que debemos descubrir también hoy: que la calle de la amargura ha dejado paso a la calle del regocijo, y una alegría inmensa provoca una sonrisa limpia, dibujada para siempre por Cristo que borra nuestras muecas de tristeza. Así nace un modo distinto de ver las cosas: aunque éstas no cambien, son otras al mirarlas con otros ojos. A veces la vida huele a azahar y la tierra se llena del frescor del rocío mañanero. Y además si se sabe mirar, más aún, si se sabe amar, ¡entonces qué fácil es descubrir los íntimos secretos que llenan de paz y alegría! La Pascua florida nos trae esta canción. No se trata de una poesía enajenante que nos saca del quicio y del huerto, que nos emboba distraídos para no afrontar las cosas como la vida requiere. La Pascua florida tiene esa belleza siempre nueva que se estrena en esperanza y que se brinda con sonrisas, no como si nada hubiese pasado o como si nada estuviese pasando, sino encarnada en toda nuestra realidad.

La Pascua florida nos dice que hay algo que realmente vuelve a comenzar rompiendo el maleficio que nos hace rehenes tristes de una inercia difícil de cambiar. Los inviernos y sus inclemencias dejan paso inevitablemente a una primavera que llega de forma imparable. Es lo que significa la palabra hebrea «pascua», el paso, lo que acontece sin que nada ni nadie lo pueda detener. Dios pasa y pasea su vida habiendo vencido de mil modos el acoso agobiante de la muerte. Esta es la Pascua que vemos florecer, que fue semilla y ahora es flor y será mañana fruto. Nos llena de santa alegría esta esperanza cierta, que se hace hueco en medio de nuestras cuitas, desconciertos, cansancios y miedos. Hay algo que se hace rebelde en nosotros por dentro, cuando una extraña y dulce fortaleza se resiste a que la vida se haga lenta, pesada, cansina y sin derrotero. Esta es la exigencia de nuestro corazón que se hace demanda, plegaria y gracia en el encuentro. Sí, un encuentro entre mis preguntas más mías, y las respuestas del Señor que me las desvela. Pascua florida, regreso que estrena vida, donde nuestros sepulcros quedan vacíos y la muerte vencida.

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La luz se muestra más grande que todas nuestras oscuridades juntas. La bondad se injerta en nuestras maldades. La gracia del Resucitado logra hacer caducas nuestras desgracias. Y la vida misma nos narra de mil modos el regalo que Dios nos hace al abrazar nuestra realidad espesa y nuestra humanidad herida. Cristo ha vencido y nos regala su paz. Nosotros somos los testigos y la alegría pascual es nuestro santo y seña.