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León

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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El gran Congreso de Educación Religiosa que organiza todos los años la diócesis de Los Ángeles, California, ha reunido los días 22 al 25 de marzo a una multitud de más de cuarenta mil personas. El tema de este año era enormemente sugestivo: «Voz que infunde vida». El mensaje era claro. La palabra de Dios es fuente de vida y, por tanto, fuente de felicidad.

El primero de los temas que me tocó desarrollar llevaba por título una interrogación: «¿Por qué el pecado es pecado?»

No es fácil hablar hoy del pecado. Nunca ha sido fácil. Ya el profeta Isaías profería una lamentación sobre aquellos que «al mal lo llaman bien y al bien lo llaman mal, que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce y dulce por amargo» (Is. 5, 20).

En este momento es importante volver a reflexionar sobre esta tentación, siempre tan actual. En la catequesis de hoy habrá que tratar de explicar la naturaleza del pecado, sus causas y sus efectos.

Una arraigada tradición positivista nos ha llevado a veces a pensar el pecado como una mera transgresión de una norma, sea divina o sea humana. Pero la sensibilidad actual se subleva contra toda imposición externa. Y con todo, algunos líderes quieren hacernos creer que el mal lo es tan sólo por haber sido prohibido. Reducen la ética a la política.

Como contrapartida, son muchos los que piensan que la naturaleza y la extensión del bien y del mal son decididos por la persona. En realidad piensan así cuando no les toca soportar las villanías de los demás. En ese caso no se les ocurre ni pensar que los malhechores puedan calificar como virtud sus tropelías.

Hoy es más necesario que nunca repetir que «no alcanzan a Dios nuestras ofensas más que en la medida en que obramos contra nuestro propio bien humano». Esta visión del pecado como el daño que el hombre se inflige a sí mismo parece escandalosamente moderna. Y lo es, aunque la frase citada sea de Santo Tomás de Aquino.

Pero en el seno de la comunidad cristiana también es necesario subrayar que el pecado lo es porque nos impide identificarnos con Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, icono y modelo perfecto del ser humano y de su última vocación.

Es hora de descubrir que el pecado tiene una estrecha relación con la verdad de las cosas y con la profunda verdad del ser humano. Frente al imperativo de la ley y el subjetivismo individualista, hay que reafirmar esa doble razón del pecado: la que se fija en el ser mismo del hombre y la que confiesa el valor del seguimiento y la imitación de Cristo.

Y hay que recordar, sobre todo, que la gracia es más fuerte que el pecado. El cristiano ha sido llamado a la responsabilidad, al perdón y a la alegría del triunfo de Jesús sobre el mal.

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La cuestión del pecado parece irrelevante en un mundo secularizado. Sin embargo no les pareció tan baladí a las 3.000 personas que eligieron ese taller y lo siguieron con atención.