EL PAISANAJE
Garbanzos
Que uno recuerde en treinta y tantos años de democracia y profesión de las pocas veces que la clase política conectó con la calle en un debate presupuestario como el de esta semana fue cuando Fraga interpeló a Felipe González en pleno derroche de dinero para la Expo, el AVE a Sevilla, el quinto centenario del descubrimiento de América y no sé qué olimpiadas de aquí en medio de una crisis de paro brutal parecida a la de ahora. «¿Sabe usted a cómo están los garbanzos?», le soltó don Manoliño al sevillano que, naturalmente, no lo sabía. La pregunta del gallego provocó carcajadas en el hemiciclo de las Cortes, que se le rio en la cara, incluidos muchos de los suyos. Ya entonces los políticos iban a su bola. Lo que seguramente quería decir el difunto líder de Perbes es que no se pueden quemar los impuestos en fuegos artificiales y que lo primero es el cocido de la gente.
Ahora su paisano Rajoy trata de gobernar la situación contraria, o sea meter la tijera hasta el alma en unos presupuestos austeros que hagan borrón y cuenta nueva de las majaderías de su antecesor en el cargo, señor Zapatero, el cual se ha ido de rositas dejando un pais para el arrastre. Pero no le va a ser fácil, porque los mismos que provocaron la ruina y por eso perdieron las elecciones se oponen hoy a los remedios del más elemental sentido común para que al Estado le cuadren las cuentas y a los españoles los garbanzos. ¿Estado del bienestar?. «Es que no tenemos dinero porque hemos gastado demasiado», se ha disculpado Mariano de forma un tanto pusilánime cuando lo que tenía que haber dicho es «no queda un puto duro porque ya se lo pulieron esos cabritos del gobierno anterior». Los chinos tienen sus propios proverbios, según los cuales no conviene comer en abril el arroz de mayo, y en La Bañeza, mi pueblo, diríamos que lo que hay son habas contadas. Mariano no acaba de conectar con la calle porque no se explica bien. Modestia aparte, precisa de un portavoz más entendido en legumbres que de retórica parlamentaria, servidor por ejemplo.
Cuando escampe, si es que lo hace alguna vez, los sociólogos deberán estudiar a fondo los intríngulis de una crisis brutal —de desaceleración económica para un bobalán de aquí que mandaba mucho— a resultas de la cual España ya no volverá a ser la que era. Los políticos mientras tanto siguen a lo suyo debatiendo cansinamente sobre pactos de legislatura, negociando votos y consensos y patatín y patatán. Poner la radio por las mañanas y quitársete las ganas de comer, el que tenga con qué, es todo uno. Sus señorías pertenecen a una casta superior sólo preocupada de su supervivencia y de toda la parentela y amiguetes colocados de por vida en las administraciones públicas, que son ciento y la madre que las parió. El pueblo soberano, es un decir, hace sus propios ajustes y recortes sin dar tres cuartos al pregonero del boletín oficial. Por ejemplo, cada vez hay más perrines abandonados en las protectoras de animales, que son como comedores de Cáritas a cuatro patas, los pobres, pero para compensar los divorcios ya no se dan con la alegría de antaño, porque resultan caros, cosa que los nenes agradecen. Y los viejos tampoco son dejados de la mano de Dios en los asilos, váyase lo uno por lo otro. Incluso muchos ancianos están siendo devueltos otra vez de las residencias a casa de los hijos, dado que la pensión del abuelo da para algunos garbanzos, a veces los únicos, en un pais con seis millones de parados.
Siente uno tener igualmente el humor austero y recortado al escribir de estos temas. Son lentejas, si las quieres las tomas y si no las dejas. Y deprime aún más la corrupción que florece de nuevo, no vea usted cómo, esta primavera. O que el otro día un expresidente de gobierno fuera absuelto por los tribunales —en Islandia, ojo— después de haber llevado a su pais a la bancarrota. En sesudos resultandos y considerandos los jueces sólo han apreciado negligencia y falta de preparación para el cargo en la conducta del encausado, aunque no delito.
Desconozco como se dirá «burro» o «mala bestia» en los lejanos y helados parajes de Reikiavikc. Lo que está claro es que en España urge una reforma del código penal para empapelar a expresidentes no como maleantes o delicuentes comunes —a algunos de autonomías también— sino por inútiles con el agravante de ridículez o ponga usted la alevosía que más le plazca.
Y ponga también el nombre del primero que se le ocurra, que a lo mejor fue el último. Yo ya me aburro de ponerlo.
Seguro que coincidimos.
Y lo conocemos todos en el pueblo.