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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

A propósito del Evangelio de hoy, escribe S. Agustín: “Me buscáis por la carne, no por el espíritu. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús más que por los beneficios temporales! Tiene uno un negocio, y busca la mediación de los clérigos; otro es perseguido por alguien más poderoso que él, y se refugia en la Iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tiene poco crédito. Unos por unos motivos, otros por otros, llenan todos los días la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis, no por los signos que habéis presenciado, sino porque habéis comido del pan que os di. Trabajad por el pan que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Me buscáis por algo distinto a mí; buscadme por mí mismo”. Algo -o mucho-hay de verdad en estas afirmaciones del Obispo de Hipona.

Jesús acaba de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y comienza un largo discurso sobre el pan de vida. A partir del hambre vulgar de la gente que acude a escuchar a Jesús, y a partir del pan que ha multiplicado, vamos a progresar hacia otra hambre y otro pan. Jesús pregunta: “¿Para qué alimento trabajáis?”. Dejémonos interrogar profundamente; nuestras hambres revelan lo que somos. Queremos comer, desde luego, pero queremos mucho más: conocer, contemplar cosas hermosas, amar, contar con buena salud, tener un trabajo interesante. Esas son nuestras hambres y los alimentos por los que trabajamos. Jesús se esfuerza en orientar a su auditorio hacia las hambres profundas, hacia el hambre de vivir intensamente y de vivir eternamente y de una manera libre.

Y esto se hace más urgente hoy, donde vivimos tantas esclavitudes. En concreto, la carencia de esa libertad por parte de una gran mayoría de personas que aceptamos, pasivos, modos de vivir con los que no estamos de acuerdo. Y también incluyamos aquí a aquellos otros que viven ignorantes de su libertad y obedientes a quienes previamente configuran sus mentes mediante los distintos medios de comunicación. Este es el gran drama del hombre actual y, quizá, del hombre de todos los tiempos: el hombre se siente libre, quiere ser libre, anhela la libertad..., pero no consigue hacerse libre a sí mismo. Esto, que podemos afirmarlo de tantos seres humanos, afecta de un modo especial al cristiano y, especialmente, a aquel que es más consciente de su ser seguidor de Jesucristo. Él sabe de la primacía del amor y se siente muchas veces incapaz de vivir sus consecuencias. Él sabe la necesidad de comunicación de sus bienes, como dones que son de Dios, en favor de los hermanos necesitados, pero es capaz de buscarse mil excusas para vivir su egoísmo y para acallar los latigazos de su conciencia.

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Creer en Jesús implica un esfuerzo de identificación con él, de tener “los mismos sentimientos que Cristo Jesús”, de hacer de Él lo que de sí mismo el propio Jesús afirma: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”; nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Y todos sabemos que la verdad es el camino para llegar a la auténtica libertad: “La Verdad os hará libres”.