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León

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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II es la constitución sobre la sagrada liturgia. En ella se afirma que en la liturgia se ejerce la obra de nuestra salvación. De hecho «contribuye en grado sumo a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia» (n.2).

Toda celebración litúrgica es a la vez obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo que es la Iglesia, así que revela la presencia del Señor y la misión misma de su pueblo. La liturgia es la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, aunque no es su única actividad, puesto que ha sido llamada también a enseñar y a practicar la caridad.

Por tanto, es necesaria una mayor formación de los presbíteros y de los fieles, con vistas a una consciente, activa y fructuosa participación en la celebración litúrgica. Y se propone una revisión de los ritos sagrados, tanto en su forma y en la lengua en que se expresan como en el espíritu que los mueve.

Tras estas disposiciones generales, el Concilio reflexiona sobre la Eucaristía y la celebración de la Misa, recomendando la homilía y restableciendo el rito de la «oración de los fieles». El uso ha ido ampliando en estos 50 años las normas conciliares sobre la concelebración y la comunión bajo las especies de pan y de vino.

El Concilio promovía la revisión del rito de los demás sacramentos y también de los sacramentales, tanto los tradicionales como otros que se pueden añadir según lo pida la necesidad pastoral (n. 79).

El capítulo IV de la constitución está dedicado al Oficio divino, llamado a ser para todos «fuente de piedad y alimento de la oración personal» (n. 90). Hoy se puede constatar que en muchos lugares de la Iglesia se ha prestado atención a la recomendación que el Concilio dirigía a los laicos para que recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular.

El Concilio explica, además el sentido del año litúrgico, a lo largo del cual «se desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad, hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor» (n. 102). Especial importancia se reconoce al domingo o «día del Señor, como fiesta primordial de los cristianos, en la que se hace memoria de la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús» (n. 106).

El Concilio reafirma la dignidad de la música sagrada, del arte y de los objetos sagrados, que pueden y deben reflejar la infinita belleza de Dios y contribuir a su alabanza y su gloria. Por eso pide que se excluyan las obras que repugnen a la fe y ofendan al espíritu religioso de los fieles y recuerda a los artistas que «sus obras están destinadas al culto católico, a la edificación de los fieles y a su instrucción religiosa» (n.127).

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A medio siglo del comienzo del Concilio habría que preguntarse qué acogida han encontrado estas reflexiones.