EL PAISANAJE
Una del oeste

En Estados Unidos ha vuelto a ganar Obama de lo cual la progresía ha deducido con alivio que, por lo menos, ha salido el negro. Los progres detestan todo lo que huela a gringo, menos la cocacola para el cubata, cosa que no se explica muy bien porque durante la segunda guerra mundial se dejaron en Europa cientos de miles de muertos para acabar con Hitler a cambio del Plan Marshall y otros tantos en Corea y Vietnam parando a los rusos como pudieron. Si no fuera por ellos los europeos estarían todavía saludando brazo en alto —cara al sol— y medio mundo con el puño cerrado, dos alternativas nada recomendables para la salud.
Se tiende a ver de lejos a aquel gran país con estereotipos europeos, como que Obama es socialista y su rival derrotado Romney un cabrito explotador, millonario de derechas y obispo mormón, pobre Rouco Varela. Pero nada más lejos de la realidad. Obama es un niño bien, si acaso un poco retinto, que estudió en las mejores universidades gracias a una madre irlandesa y menos a un padre keniata, tarambana y betún, que dejó sembrado de hijos medio mundo desde su tierra de origen hasta Nueva York pasando por Londres. El papá era musulmán practicante con una novia en cada puerto para no caer en poligamia —en el Corán se permite tener cuatro esposas y las concubinas que se pueda mantener— de ahí que su segundo nombre de pila sea Hussein. Exactamente Barack Hussein Obama.
En cuanto a Romney, rubio y maltrecho, aquí no se le perdona haber llegado a la política después de hacerse rico. Oiga, ya quisiera yo que hubieran hecho lo mismo, y no al revés, los alcaldes de León, pongamos por caso. Esas cosas sólo están bien vistas en la lejana América, de donde, por cierto, se importó también la democracia, muy anterior a todas las europeas, menos la inglesa. La trajeron en la mochila los soldados franceses enviados allí a apoyar su guerra de la independencia con mucha vista de águila y únicamente por joder en lontananza a Inglaterra. Los muertos que costó luego implantarla en el continente todavía no están bien contados.
Tampoco se parecen en nada las campañas electorales de éste y el otro lado del charco. En España, por ejemplo, se les ha copiado el marketing, los sondeos y poco más. Allá no hay descalificaciones ni ideológicas trasnochadas de antes del muro de Berlín y cuando ganan los unos y pierden los otros se aclama y consuela a ambos candidados con un tremolar de banderas americanas que da envidia. Los demócratas gringos tienen por símbolo a un elefante y los republicanos a un burro sin acabar nunca a trompazos ni coces. Por acá pone usted una gaviota del PP al lado de un puño sociata y enseguida se monta el pifostio entre picotazos de la primera y amagos del segundo por retorcerle el cuello. Banderas nacionales en campaña se ven pocas y así nos va.
Tengo yo para mí que Estados Unidos se parece a España como Gary Cooper a Almodóvar. No hay color, mister Barack, menos en las hijas góticas de su amigo Zapatero. Tampoco en las votaciones del martes se elegía sólo al hombre más poderoso del Planeta —en la Casa Blanca a lo mejor manda la negra Michelle— sino igualmente a congresistas, senadores, alcaldes, fiscales, sherifs y hasta jefes de la perrera municipal, todo para ahorrar gastos innecesarios en democracia cada dos por tres. Aprende, Mariano, de las andaluzas, vascas y de las catalanas de dentro de nada.
Hablando de cine, hay una entrañable película de John Ford en blanco y negro, de título «El sol siempre brilla en Kentuky», donde los candidatos sudistas tuvieron que hacer tres días de campaña a dura ley seca para conseguir el severo voto de las damas antiwhisky. Los del norte, en cambio, iban limpios y sin resaca. Cosas, en fin, de la América profunda que acababa de salir de una guerra entre federales y confederados. Debería explicarle alguien estos dos últimos conceptos a Rubalcaba y Artur Mas a ver si se aclaran.
En definitiva que por aquellos andurriales nos dan dos vueltas y media, como mínimo, a la hora de votar con mucho cuidadín. Negro sobre blanco en este caso, pero no menos cuando juntaron filas por las Torres Gemelas.
Lo que no he podido tragar nunca de los gringos es el campamento de la mili obligatoria —a mí me tocó— que les copió Franco por supuesto antes de los progres de ahora. A pasar con el mauser una infame barrera de obstáculos, charcos y alambradas le llamaban «pista americana» para estar bien preparados por si Hassan II.
Qué putas las pasé, mi sargento.