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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Algún pispo de los que asesoran al Gobierno de golpe se ha dado cuenta de que en España hay demasiados ayuntamientos y casi todos pequeños. Hombre, lo raro es que no hayan finiquitado ya de muerte natural. La teoría del asesor de Mariano es la siguiente: si los juntamos de dos en dos o de tres en tres se ahorrará una pasta gansa en nóminas de alcaldines y concejalillos, adelgazamos la administración pública y no veas qué recorte de euros. Valiente sanjuanada cuando del despilfarro de las autonomías nadie dice nada.

En León hay doscientos doce municipios y mil y pico juntas vecinales que hasta ahora habían pasado desapercibidos en el déficit, más que nada porque son tan chicos que ni siquiera tienen crédito en el banco, igual que yo. A buenas horas se acuerdan de ellos. En no pocos apenas hibernan cuatro viejos, o uno sólo, porque los demás vendieron las tierras para darle la entrada del piso a un hijo en la capital e irse a vivir con él, o mejor sería a morir con la añoranza de la viejina casa. Repase usted la escalera de su bloque y verá cuántos hay. Unicamente por la Virgen de agosto los pueblos vuelven a llenarse de hijos y nietos emigrantes y entonces se ve lo que pudieron ser y no fueron. Si quieren fusionarlos ahora mejor que hagan macroasilos, porque de donde no hay no se puede rascar ni recortar y en muchos toda la población activa consiste en un tractor y el último cuarentón que lo conduce sin demasiado entusiasmo.

En lo tocante a reducir alcaldes, concejales y el sueldo de ambos se reta desde aquí al Gobierno a que haga bien los números. Ninguno cobra a lo bestia y, si aspiran a la reelección es por la vanidad de la vara de mando. La de no pocos es de fresno porque las arcas municipales no dan más de sí, pero conversan con el zurrado vecindario de tú a tú, lo atienden en la cocina, nada de despachos, y cuando hay que arreglar un desagüe lo hacen ellos mismos. Con el señor cura, que suele estar pluriempleado de un pueblo a otro, son el gran apoyo psicológico de los núcleos rurales antes de caer por depresión en las garras del psiquiatra.

A ver si se entera el pispo del Gobierno, alcaldes y concejales empiezan a malearse de diez mil habitantes para arriba donde cobran la leche y en otros la hostia, que es el caso de Madrid, Barcelona, etcétera, o León. A un servidor, por ejemplo, le va bien en Villacedré, de Santovenia de la Valdoncina, donde paga la mitad de impuesto de circulación o de IBI que en la ciudad de al lado. Los de Armunia, a menos de un kilómetro están encabronados desde que los vendieron a León y, si tenemos una urgencia, no queda más remedio que subir todos a los hospitales del quinto pino. Les pasa igual a los que residen en Ordoño, allá se las entiendan con su alcalde de turno.

Como siempre he sido de pueblo y no de piso, algo que me recalcó mucho cierto exsecretario de la Diputación cuando trabajé fugazmente allí de interino, lo que no acabo de entender, pongamos por caso, es por qué San Andrés del Rabanedo no ha sido absorbido hace décadas por León. Oiga, va usted a cortarse en pelo en el barrio del Crucero y dependiendo en la acera que aparque de una calle compartida a medias le puede multar una policía municipal o la otra. Ambas están viciadas de bolígrafo y libreta, pero podían poner, por lo menos, un fielato.

Se le ruega encarecidamente desde aquí a Mariano que les meta mano a las autonomías y no a los esqueléticos pueblos. Esas sí que han engordado y tienen mucho que adelgazar y recortar desde que empezaron a jalar impuestos y presupuestos hace treinta años como quien no quiere la cosa. Ese es el gran pesebre a recortar y por eso PP y PSOE ni las tocan, dado que les daría calambre a muchos de sus enchufados y habría un cruce de cables que ni te cuento. Las cosas como son y que no nos cuenten milongas. Observe qué bien viste su vecino funcionario para sacar de paseo al perro. Los demás con boina. Esto no hubiera pasado en Suiza, país rural y montañoso done los haya, sin un concejo abierto en el cantón.

Vayan también desde aquí mis condolencias a los sanos alcaldes de pueblo que quieren mandar al paro sin comerlo ni beberlo y nunca mejor dicho. Y sea reconocida su labor, en mi caso la alcaldesa Mireya, que siempre han sabido tratar al personal con mucho talante y mano izquierda. Vaya por ellos la agradecida copla baturra: «El alcalde de mi pueblo/ muy bruto tiene que ser/ para mandar en nosotros/ que semos más brutos que él».

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