Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La Cuaresma es un tiempo para reafirmar la fe en el Resucitado. En ella debo preguntarme quién soy, qué busco, cuál es el objeto de mi vida, cómo vivir como buen cristiano. Las tentaciones en el desierto constituyen el prólogo de la misión pública de Jesús. La prueba, pues, tanto para Jesús como para nosotros, viene del desierto. Toda aventura espiritual pasa necesariamente por el desierto, que es espacio de provisionalidad, de precariedad; es donde la realidad se despoja de las apariencias, se purifica de lo efímero y se queda con lo esencial. Allí se encuentra uno solo frente al propio ser. Nada más. Hay un gran silencio, roto a veces por una ligera brisa, a la que lo árabes califican como «el llanto del desierto que quisiera ser verde». En el desierto nos vemos obligados a encontrarnos con nosotros mismos.

Las tentaciones de Jesús representan el intento, por parte de Satanás, de desviarlo del camino de fidelidad al Padre. Un camino que pasa por la debilidad, la humillación y la cruz. Satanás propone a Jesús tres atajos en ese camino: el de la popularidad fácil, obtenida reduciendo la salvación a la sola dimensión económica («di a esta piedra que se convierta en pan»); el del poder («llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo...: Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo»); y el del triunfo espectacular, que quiere poner la fe y la religión al servicio de intereses particulares («lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti»).

Jesús rechazó estas tentaciones y reafirmó su fidelidad al plan del Padre. En éste se rechaza que el valor máximo sean el poder o los bienes materiales, y nos descubre que hay hambres de otros tipos.

Se rechaza el dominio sobre los hombres y se elige el camino de la paciencia, del amor y de la libertad, aun a riesgo de rechazos. No tiene como fin aturdir a las gentes a golpe de milagros, sino que lleva a la cruz, donde el milagro será precisamente «no descender», contra el afán de espectáculo de los tentadores.

Se trata de tentaciones que también nos acechan a nosotros. Sobre todo, se trata de opciones de una fe que tenemos que reafirmar cada día, si no queremos que el nombre de cristiano quede falseado. Así podremos recitar, con convicción, la petición del Padrenuestro de «Hágase tu voluntad».

tracking