Encuentro histórico de dos papas
Francisco y Benedicto XVI hacen historia en dos mil años de Cristianismo al ser los primeros pontífices en encontrarse en una entrevista inédita y amistosa. Bergoglio invitó a Ratzinger a rezar en el mismo banco.

Francisco y Benedicto XVI se abrazan en Castelgandolfo en una foto histórica que nunca antes se produjo: dos papas vivos.
Quizá pase a la historia como el abrazo de Castelgandolfo. Dos hombres de blanco se abrazaron ayer a las 12.15 en el helipuerto de la residencia papal, un lugar no muy solemne, en realidad una pista de cemento en una colina de pinos, y en ese momento hicieron historia. No está documentado que nunca antes, jamás en dos mil años de historia del Cristianismo, dos papas se hayan encontrado y mucho menos de forma amigable, pues las circunstancias que rodearon a los pocos pontífices que han renunciado no fueron agradables. El abrazo de ayer entre Francisco y Benedicto XVI, Jorge Mario Bergoglio, argentino, de 76 años y Joseph Ratzinger, alemán, que cumple 86 años el mes que viene, quedará para el futuro como referente de normalidad, de una transición civilizada y pauta a seguir si otros pontífices deciden seguir sus pasos. Bergoglio, de hecho, puede ser el primero que se lo plantee, aunque tendrá una responsabilidad casi más grave si también dimite: hacer definitivamente normal lo que ahora es una excepción.
Seguramente a Francisco le será muy útil este encuentro con Benedicto XVI, un privilegio excepcional para quien normalmente aterriza desorientado en el laberinto de la Curia. Ningún consejo será vano porque le esperan grandes retos, como reformar el gobierno de la institución y modernizar la Curia, haciendo limpieza de tramas internas tras el escándalo Vatileak’. Bergoglio tiene desde la semana pasada el famoso informe secreto encargado por Ratzinger para aclarar el caso y podrá haberle hecho preguntas. Es plausible que hablaran de todo ello, pero lo poco que se sabe del encuentro es lo que facilitó el Vaticano más tarde: una breve nota y 2.41 minutos de imágenes, que dicen mucho más. Fue una jornada histórica para recordar, pero oculta.
Descolocado
Francisco llegó en helicóptero, en el mismo aparato y haciendo idéntico trayecto que Ratzinger cuando abandonó el Vaticano el pasado 28 de febrero. Cuando bajó a tierra su predecesor ya le esperaba, acompañado de su secretario personal, Georg Gänswein. Bergoglio estaba más descolocado, sin saber bien cómo comportarse, repentinamente abrumado como Papa en su función, una sensación inédita, por estar ante quien lo era antes. A nadie en su lugar le había ocurrido verse en esa papeleta: todos los pontífices, una vez elegidos, adquirían una presencia omnisciente, pero a él le toca sentirse casi inexperto en el cargo al lado de quien ha estado casi ocho años. Es otro sutil efecto del gesto desacralizador de Ratzinger, que humaniza la tarea y el rol del pontífice. Bergoglio bajaba la mirada y no quería aparecer por encima de su anfitrión, para desterrar cualquier impresión de autoridad. Hasta ayer siempre había sido él quien se comportaba con desenvoltura ante los demás para no amedrentarles, pero en el helipuerto fue Ratzinger quien tuvo que asumir ese papel.
Ninguno de los dos sabía bien qué decir, sin soltarse las manos. Se dieron los buenos días y las gracias mutuamente. En el coche se rompería el hielo. Los dos se sentaron atrás, con Francisco en el lugar oficial, a la derecha, y Benedicto XVI a la izquierda.
Tuvo razón al irse
En realidad no se conocen mucho, aunque ya habían hablado dos veces por teléfono estos días. Pero la última vez que se habían visto más de cerca y más tiempo fue en el cónclave del 2005, 24 horas encerrados entre la Capilla Sixtina y la residencia de Santa Marta, donde fueron rivales directos en el escrutinio y, según varias fuentes, Bergoglio pidió no ser elegido. Fueron dos antagonistas, una falsa imagen que no responde a la realidad, aunque las comparaciones inevitables de estos días hayan agudizado las diferencias de estilo entre ambos. No parece que a Francisco esta situación le haya condicionado y le haya restado libertad. Más bien cabe preguntarse qué habrá pensado Ratzinger siguiéndole día a día por la tele desde su retiro. Pero Bergoglio le ha recordado con gran respeto en varias ocasiones y el pontífice emérito solo puede haber vivido con alivio y alegría el fulgurante subidón de popularidad y protagonismo del Papa. Confirman que tuvo razón al irse.
Después se sentaron a conversar, una charla privada que duró 45 minutos y de la que nada se sabe. Solo que encima de la mesita había una gran caja de documentos y un sobre cerrado. Luego comieron con los dos secretarios personales de Benedicto XVI, George Gänswein y Alfred Xuereb, que en realidad comparten y son en cierto modo cómplices de esta extraña transición. Después se despidieron de nuevo en el helipuerto. En total, este episodio histórico duró dos horas y media.