Los dos de blanco pero sólo uno manda
Ayer los dos iban vestidos de blanco, esa fue la primera sorpresa. Benedicto XVI llevaba en realidad una simple sotana de ese color, sin faja ni esclavina, pero solo se vio la diferencia cuando se quitó el anorak, dentro del palacio. En un primer momento parecía que no había cambiado nada, porque también llevaba el solideo. Pero estaba muy claro quién era el Papa vigente y quién el emérito: a Ratzinger, después de 23 días escondido del mundo, como él pidió, se le vio muy mayor, con bastón y movimientos vacilantes. Bergoglio parecía de visita a un anciano familiar jubilado. Era inevitable pensar en el salto que ha dado la Iglesia en cuestión de días y ahora resulta aún más incomprensible lo que hasta hoy ha sido tradición, creer que un pontífice tan mayor puede gobernar la Iglesia cuando es evidente que otros lo hacen por él. La cita de ayer también sirvió por esto para dar más razón aun a Ratzinger.
La escena más significativa que transmitieron ayer las imágenes y contiene la esencia del momento se desarrolla en la capilla de la residencia de Castelgandolfo, donde entraron a rezar brevemente antes de reunirse. Fue lo primero que hicieron al llegar y era la primera ocasión en que debía hacerse patente una jerarquía. Al Papa le corresponde el reclinatorio de honor y a su lado se detuvo Bergoglio, que entró en primer lugar. Sin embargo cuando vio a Ratzinger dirigirse a uno de los bancos de atrás se adelantó para acompañarle, aunque éste hacía gestos de insistencia de que volviera a donde estaba. Fue una amable discusión de cortesía que Francisco zanjó con la frase que quedará enmarcada para la posteridad junto a la foto del abrazo: «Somos hermanos». Y se sentaron juntos a rezar en el mismo banco. Fue la imagen del relevo dentro de la unión en la Iglesia, sin traumas y sin muerte.