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ANTONIO NÚÑEZ
León

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T engo una deuda impagable, ya empezamos, con el catalán Artur Mas y los tontos de su pueblo que van detrás de él por tres razones: primera las noticias matinales sobre la consulta independentista me hacen olvidar que no llego a fin de mes; segunda haberme devuelto al salchichón de Ezequiel, el de Villamanín, a la mierda la butifarra; y, tercera, que, modestia aparte nos esté ayudando a algunos a tumbar a Rajoy. Y no somos pocos. La prueba está en la media docena larga de presidentes antonómicos de su partido por el trato de favor que da a la Generalitat de la barretina. Si lográramos fichar para el PP a Rubalcaba, polvaredas aparte, barreríamos en el partido.

Churchill decía que de menos a más las enemistades en política se dividen en tres: enemigos a secas, enemigos íntimos y compañeros de partido. Rajoy no es tan perspicaz y vigila displicente al enemigo desde una cómoda mayoría absoluta, aunque como líder criado desde pequeño en el aparato del PP procura también no perder de vista a los suyos con otro ojo avizor, por si acaso, situado detrás en salva sea la parte, ponga usted el sitio, donde la espalda pierde su honesto nombre. Este último es el que tiene irritado.

A la espera de que las hemorroides vayan a más, o no, siempre es bueno que unos cuantos de los suyos se pongan de acuerdo en cortar la diarrea de dinero público que a diario se escapa hacia Cataluña a cambio de humo nacionalista como en los incendios forestales de medio pelo. Alegan que en sus autonomías se han sacrificado por los recortes del déficit mientras que para los catalanes todo es jauja. No tiene mas que abrir la boca Mas y se la tapan hasta la próxima bobada independentista con una billetada, que, dado que tiene a los suyos arruinados, puede tardar poco.

Argumentan oficialmente los rebeldes del PP que ellos deben reducir el déficit al uno y poco por ciento en tanto que al del pan con tomate se le autoriza el doble. Hombre, puede que sí pero, puntico arriba o abajo, servidor piensa que subyace algo más. Por ejemplo el hartazgo de concesiones que con mayoría absoluta no harían ni puta falta. Bueno, unas veces puta y otras ramoneta, según Jordi Pujol, el del clan familiar que ha amasado una fortuna en Suiza sin tener pañerías, fábricas ni más negocio que no sea el cargo por parentesco. En los paises anglosajones por menos de eso te meten en la trena y en los protestantes de la Merkel vas directamente a la hoguera.

La alegría con que se maneja el dinero público, o sea el de nuestros impuestos, es una de las claves que colocan a la casta política como la más desacreditada, incluso en comparación con las pobrinas que ejercen la profesión más antigua del mundo, usted ya me entiende. Con seis millones de parados Hacienda está friendo a los pocos que trabajan y a los primeros también porque les sube el tabaco. Antes eran las hipotecas, pero ahora es la cajetilla lo último que se deja de pagar.

En todas partes cuecen habas y en León a calderadas. Se ha sabido ahora que el Tribunal de Cuentas ha mandado a la fiscalía las del Ayuntamiento de la capital de cuando era alcalde el socialista Francisco Fernández, «Raquetas». Al parecer ha dejado un pufo de ciento ochenta millones de euros, oiga eso son treinta mil millones de las viejinas pesetas y, si saca la calculadora, le saldrá a cinco kilos por día de mandato o más. Asombroso para cualquier familia.

Duda uno con fundamento que el fiscal persiga de oficio al exalcalde, que por lo demás no hizo el estropicio él solo sino con catorce concejales cómplices o más. Que les echen un galgo. Confórmese usted con mentarles a la madre al presentar estos días la declaración de la renta. Y dé gracias de que no hubieran llegado a hacer el famoso tranvía urbano desde la estación de Feve a la cueva de Alí Babá.

La porquería que está saliendo mientras la UE quiere quitar las monedas de uno y dos céntimos es un buen revulsivo para que el personal sepa con quién se gasta los cuartos. Lástima porque con un céntimo yo mercaba de chaval un chupachups y con dos un tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín, dos a los que echo en falta en el Gobierno junto con el Capitán Trueno. Tiempos.

Gracias también, Arturo, por haber desguazado al PSOE de Zapatero y sus secuaces, que se han ido de rositas pero ninguno al paro. A lo mejor los barones del PP no quieren que les pase lo mismo diga lo que diga Génova y los consejos médicos del aparato de Arriola y compañía.

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Hazte mirar el tercer ojo, Mariano.