Diario de León
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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Está tan claro como el agua que las pensiones de los nietos van a ser más pobres que las del abuelo. El Gobierno no se atreve a decirlo claro y por eso ha encargado a un sesudo comité de expertos que aclare la viabilidad o no del actual sistema de la Seguridad Social. A eso en mi pueblo se le llama vestir al santo. Y los tales peritos han dictaminado lo siguiente: primero, la esperanza de vida en España es cada vez mayor (en León el doble por el clima, bueno para la cecina, los bueyes y algún que otro canónigo sin más estaciones que el invierno y la de Renfe); segundo, hay que repartir la poca pasta que queda entre demasiados acecinados y viudas jamonas con lo cual cada vez van a tocar a menos; y, tercero, otra posibilidad sería gasear con discrección pero discreccionalmente a todos los que pasen de los setenta, si bien esto parece políticamente incorrecto. Las cosas están así.

Lo de la esperanza de vida para mí no está claro, de modo que ayer le mandé un correo electrónico a Rajoy con el siguiente texto: «Macho, he trasegado en la vida como para llenar una piscina olímpica y fumado en pipa más que el indio Gerónimo, pagando por ello impuestos especiales a manta. ¿No podrías darme un plus como pensionista de alto riesgo después de haber cotizado igualmente el IRPF desde cuando Franco?». Debe de tener el móvil apagado, tal que la sonrisa, porque no se ha dignado contestar.

El trabajo de los supuestos expertos lo hubiera hecho yo gratis de tantos plenos municipales que me tocó chupar profesionalmente, en los cuales cada vez que en el asunto del orden del día número tal o cual salía algo digamos que vidrioso, el alcalde invariablemente pedía leer el informe del secretario. Si era a favor ya estaba vestido el santo y si, por el contrario, advertía de ilegalidad quedaba con un pie fuera del consistorio. En treinta y tantos años de profesión he jubilado a muchos. Alcaldes también.

Los pensionistas son un colectivo de siete millones de votos al que no conviene cabrear. Mariano debería tener en cuenta también que los que pasamos de sesenta tacos y estamos en lista de espera somos un saco de otros dos o tres millones de papeletas, allá él con sus enjuagues de si sí o si no. Oiga, cualquier día de estos creamos un grupo de presión y le hacemos un escrache a lo bestia a Montoro, el ministro mandamás que tiene un apellido desproporcionado a su ruin estampa.

Cuando servidor era chico, de unos seis o siete añines, iba a ver los domingos de punta en blanco a su «agüela» Catalina (agüela de escribe con «g» y «abujero» de la Seguridad Social con «b»), la cual me daba de propina una moneda de doscincuenta pesetas. Era mucho rumbo para gastar entre pipas y pirulíes. Hay cosas entrañables que quedan grabadas en la memoria y todo lo demás son cabronadas. Cada cual que revise su propia historia y rezará que amén.

Ya casi se me olvidaba. Lo del desguace de las pensiones no va con las familias políticas, da igual el color. Cualquier parlamentario que haya asentado las posaderas en un escaño del Congreso o del Senado durante dos legislaturas o más, todos repiten, tiene derecho a la pensión máxima, que ronda ahora los dos mil quinientos eurines. Eso lo aprobaron todos los partidos por unanimidad, faltaría más. Y la bula, como diría el Papa Paco, no se toca en la dichosa reforma de las pensiones. Mételes caña, Montoro, si tienes la mitad que el toro de Osborne.

Cavilando melancólicamente sobre éstas y otras cuestiones, o sea el futuro, uno ve pasar por el campo a las cigüeñas cuyos huevos eclosionaron hace un mes y ahora alardean del ala ante el nido para que los cigüeñinos aprendan a volar. Es un pájaro de buen agüero que a ciertas edades mide, y no vea usted cómo, las estaciones vitales. A mí, por ejemplo, de pequeño me dijeron que me había traído la cigüeña. Cuando fui siendo mayor le pregunté al párroco mirando al campanario por aquello de encontrar mis orígenes: «Vale, ¿pero a esa quién se la trajinó?». Un pájaro de vuelo elegante y gentil donde los haya, de ahí la cantidad de veces que queda embarazado. Lo raro es que sea monógamo. Quien no se lo crea que vaya al viejo molino maquilero de Armunia, frente a la panadería, donde hay casi una docena de nidadas a punto de emigrar.

Volviendo a lo de mi abuela, yo he prometido darles los domingos un euro de propina a mis nietos.

Si bien mucho me temo que sean ellos los que me lo tengan que dar a mí.

Es ley de vida, según Montoro.

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