Humildad y verdad
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La humildad es andar con verdad. Probablemente muchos de nosotros no sabríamos qué responder si nos preguntaran si somos humildes. O, incluso, si nos preguntaran si valoramos la virtud de la humildad. Y también es probable que otros respondieran a la pregunta con otra pregunta: ¿qué es la virtud de la humildad? En un diccionario de la lengua castellana esta definición de humildad: «Virtud cristiana que consiste en el conocimiento de la propia inferioridad». Pero no me parece exacta esta definición, porque ser humilde no se identifica con sentirse inferior a los demás.
Escribió santa Teresa de Jesús que «la humildad es andar con verdad». Es decir, se trata de no creerse -y de no querer aparecer- superior o mejor que los demás porque la verdad es que no lo somos. Ni superiores ni inferiores, sino radicalmente iguales. Es verdad que hay hombres y mujeres que son más sabios, más inteligentes, incluso más buenos... que otros. Pero nada de ello les permite mirar por encima del hombro a los demás. Porque -como hemos dicho en la oración inicial de la eucaristía de este domingo: «Dios todopoderoso, de quien procede todo bien...». Todo lo que cada uno tiene de realmente bueno -y todos tenemos mucho de bueno- es don y gracia de Dios: no podemos vanagloriarnos de ello. Y todo lo que tenemos de malo -y todos tenemos también algo de malo- nos impone el rechazar cualquier tentación de orgullo o vanidad. En el evangelio de escucharemos unos claros consejos de Jesús sobre esta cuestión que define bien la enseñanza y del comportamiento de Jesús: el rechazo del orgulloso y el elogio del humilde.
Nos previene para que no busquemos ser importantes, vanidosos; para que evitemos vivir de apariencias y de vacío, aunque los recubramos de los aspectos más llamativos. Que no seamos de los que, con tal de avanzar un paso en el escalafón de la sociedad y llegar cerca de la primera fila, paguemos el peaje de las peores abdicaciones, de los compromisos más mezquinos, del servilismo más vergonzoso, de las alianzas más equívocas, de las adulaciones más descaradas. Que no entremos en el juego de un mundo en el que vencen solamente los que pierden su propia dignidad y libertad.
Que no seamos de los que buscan las medallas más que el compromiso, los aplausos más que el sacrificio, la publicidad más que la utilidad y la verdad. Que nos dediquemos a los trabajos despreciados por los que se creen importantes; esos trabajos para los que no hay condecoraciones ni agradecimiento. Que nos demos cuenta de que es la persona la que hace grande aun la ocupación más modesta; que no es la actividad la que confiere el certificado de autenticidad al ser humano; que si un hombre es mezquino, lo sigue siendo -y más- aunque esté encima del más alto pedestal.
Si queremos seguir el camino de Jesús, es preciso vivir contra corriente. Si creemos y esperamos en un reino abierto a todos los hombres que hayan vivido con amor, es necesario que ya ahora vivamos colocando en el primer lugar de nuestra valoración el amor, la verdad y la justicia. Nuestra vida será auténtica si no entra en el juego del dar y del recibir a cambio, a la vez que será un interrogante para los que viven instalados en su comodidad y en su egoísmo. La vida se gana mediante este servicio verdadero.