EL PAISANAJE
Tararí
El puesto de corneta, por otro nombre turuta, era uno de los más solicitados en mis heroicos tiempos de la mili, pero siempre se lo daban a uno de Correos. Natural, porque no en vano tienen por enseña un simpático cornetín que usted coloca en el buzón de su casa y no hace falta explicarles más. Ellos lo agradecen ahora que andan de capa caída por aquello de los eres y la falta de trabajo cuando ya sólo nos escriben los bancos, por lo menos a mí. Aunque a lo mejor se libran ahora con el animoso cruce de cartas entre Artur Mas y Rajoy a cuenta del cuento del referendum independentista de los de la barretina. Si bien antes de que uno reciba la misiva del otro ya nos hemos enterado todos por la prensa. He aquí un delito flagrante de violación de correspondencia.
O de un paripé a la carta. El catalán le escribe al otro «¿Me dejas hacer la consulta?» y el gallego contesta a vuelapluma «Me parece que va a ser que no, pero si quieres nos vemos». Parecen novios a punto de no romper y eso lo añoran mucho los carteros, habituados antaño a repartir las cartas perfumadas de las parejas de mi quinta. Con las nuevas tecnologías ya sólo se estila en las tormentosas relaciones entre la Generalitat y la Moncloa para hacer luego manitas en reuniones secretas. Como todos, no te jode.
La gente está hasta la coronilla de Peret, el rumbero catalanouniversal de «Un borriquito como tú», de la matraca epistolar entre Artur Mas y Rajoy, género literario que ha degenerado ostensiblemente desde las brillantes páginas de Cicerón a su hija Tercia cuando no se había inventado ni el catalán ni el castellano. Y no merecería la pena dedicar al tema ni dos líneas en este articulillo si no fuera porque Cataluña rebosa de charnegos de León. Así que todo lo que sigue va por ellos y por los de Ciutatans, únicos que tienen dos de los que usted ya sabe para levantar la voz allí. Manda carallo, Mariano.
Vamos a ver si se entiende en román paladino. El personal tiene hartazgo del patrioterismo independentista catalán que al final te lo cambia siempre en pesetinas. Por algo la peseta fue un invento del catalán Figuerola en tiempos de Isabel II para poner fin al caos de las monetas de la época y, coño, como la aprehendieron enseguida. Para mí que Rajoy, que quiere cambiarles independencia por Mas pasta gansa, todavía echa las cuentas en reales de vellón.
En las tierras mediterráneas de más allá del Ebro, que históricamente fueron Reino de Aragón y antes Marca Hispánica, el nombre sería por algo, cogen el rábano por las hojas. Es lo que se les ha enseñado a los chavales en las escuelas nacionalistas dejándoles la educación en exclusiva y en catalán con lo que los hijos de mis amigos emigrados allí suspenden todos. También los que quieren largarse en segunda generación y trabajar pongamos que en Nueva York, donde nunca falta un taxista que te entienda en spanghis. En catalanglish nadie.
Se echa de menos un Gobierno que defienda a los españolitos de Casa Tarradellas. Los otros con su pan se coman la butifarra, pero nuestra burra por lo que vale. Y que alguien les plante cara, aun a riesgo de que se la partan electoralmente, si bien esto no es probable con tanto charnego resignado ya a reconvertirse a la sardana. De momento sólo las empresas, dicen que por millares, han trasladado su sede a Madrid porque tontos no son para no perder el mercado español. El único mercanchifle que no se atreve es el presidente gallego Mariano, aconsejado por su asesor Arriola, ojo al apellido.
No faltan tampoco los que confunden la pachorra galaica de Rajoy con una fina diplomacia para templar gaitas y en el PSOE también quieren cambiar la Constitución con vistas a un futuro estado federal. En éstas andaban el otro día el sociata andaluz Chaves y el catalán Pere Navarro cuando se les coló en el debate el exministro del Interior y electricista José Luis Corcuera, al que cuando Felipe González tumbaron su famosa ley de la patada en la puerta, poco diplomático, que les soltó a los dos primeros «¿Derecho a decidir qué y con qué derecho? Porque no será el mío». Corcuera fue entrevistado luego en una emisora recordándole amigablemente otra vez su escasa diplomacia a lo que rápidamente contestó «¿Y la suya qué, porque estoy hasta los cojones de que me presenten siempre como el ministro de la patada?». Y mi colega le dio la razón reconociendo el dicho refranero de que «quien buenos cojos tiene tranquilo va y tranquilo viene».
Me apunto.