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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Este I domingo de Adviento nos lleva al horizonte último de la historia, que es la segunda venida de Cristo. Con ella se nos invita a dar sentido a la vida, con hondura y seriedad. En actitud de vigilancia: con frecuencia, cuando es necesario estar atentos y elegir bien el camino de futuro, nos dormimos. A pesar del recuerdo de Noé y del diluvio, no es tiempo para el miedo sino para el gozo, porque se trata del encuentro definitivo con Aquél que es nuestra salvación y que, finalmente, «será el árbitro de las naciones»: «No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra». En Él, en Jesucristo, está nuestra esperanza. Él es la respuesta de Dios a los deseos y preguntas de la humanidad. No nos salvarán la política o la economía o los adelantos de la ciencia y de la técnica, sino Cristo, que da sentido a nuestra vida y la abre a sus verdaderos valores.

El Adviento (éste y todos, pues siempre es adviento para el creyente) nos ayudará a ver cómo la esperanza del Reino de Dios se realiza ya en cada una de las esperanzas y de los logros humanos. Y debe comprometernos en una tarea común, al lado de la gente de buena voluntad, aunque no coincidamos en los mismos motivos. Hay mucho por hacer. Y esperamos lograrlo. Ojalá esto motive una ilusión que multiplique nuestros esfuerzos a favor de nuestros hermanos, de cerca o de lejos. En el Adviento, que anuncia la consumación del Reino de Dios, reino de justicia, amor y paz para todos, se hace imprescindible una vigilancia que interprete las señales y concrete lo que podemos y tenemos que hacer para facilitar su llegada. La vigilancia será como los ojos de nuestra esperanza. Si de verdad esperamos, no podemos cruzarnos de brazos a verlas venir, pero tampoco podemos andar a tontas y a locas simplemente haciendo cosas. Habrá que hacer lo que hay que hacer. Una segunda exigencia es la actividad. El Reino de Dios, la justicia y el bienestar de todos, no es una lotería, sino el resultado de la solidaridad activa de todos. No se ponen las cosas del revés como se da la vuelta a un calcetín. Hay que vigilar, analizar, diseñar y proyectar antes de pasar a la acción, para sintonizar con los planes de Dios y ser eficaces.

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Los cristianos somos centinelas que atisban el porvenir. No podemos renunciar a las promesas que se han de cumplir. La esperanza cristiana no anula las legítimas esperanzas de los hombres, las pequeñas esperanzas de cada día, sino que las convierte en señales que marcan el camino hacia la casa del Padre. Si esperamos la concordia de todos los hombres en el seno de Dios, apreciaremos mucho mejor todo lo que es unidad, paz y justicia entre los hombres ya aquí en la tierra.