Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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Andan cientos, tal vez miles de preferentistas leoneses con boina intentando recuperar sus pobrines ahorros de toda la vida. En el país deben de ser cientos de miles con cinco «kilos» o poco más de las viejas pesetinas ahuchadas para la vejez. Hombre, no hay derecho. Sólo conozco a uno que no cayera en este moderno timo del tocomocho que ahora en las cajas de ahorro llaman contabilidad creativa o algo así antes de dar el petardazo final. Tienen que pleitear en fila india contra entidades que ya ni siquiera se llaman como se llamaban y reclame usted al maestro armero. Lo dicho, el único que no picó fue un cejijunto vejestorio amigo mío que iba todos los días a la sucursal y exigía cazurramente que le enseñaran los treinta mil euros que tenía depositados allí, hartando bastante al director de la oficina bancaria, pero como el sentimiento era mutuo sacó a tiempo el dinero y volvió a guardarlo en el calcetín. Sin duda acertó y he aquí un abuelete que librará de la debacle si no lo alcanza Montoro. Él tiene las manos y la conciencia limpias.

Cierta vez que le pregunté a un antiguo director general de Caja España, fallecido hace tiempo, en qué consistía exactamente el negocio bancario me contestó en un plis plas: «coger dinero barato, prestarlo caro y hacer recados». Por esto último entendía él los recibos de la luz, el agua, etcétera, con sus correspondientes comisiones. No se habían inventado aún la crisis ni la burbuja inmobiliaria y, menos todavía, las preferentes.

El último director del Banco de España que hubo en León, de apellido Gento, como el futbolista, me contaba que en el canje por euros de pesetas que habían estado debajo del colchón, de la teja, en el calcetín o vaya usted a saber le sorprendió el estado de los billetes, algunos casi irreconocibles, pero todos de curso legal. Bueno, pues esa billetada es ahora calderilla preferentista. Hay que joderse, Gento, con la que montaste, pobres paisanines.

La cuestión es, como siempre, que aquí nadie devuelve la pasta ni agarrando al de la sucursal por la solapa y amenazándole con dos hostias, con perdón pero así como suena. La inmensa mayoría de ellos también han desaparecido oportunamente en prejubilaciones de si te he visto no me acuerdo, pero bien cotizadas para su particular vejez. Pura teoría de la relatividad al decir de Einstein, según el cual la materia y la energía —también el dinero, añadiría yo— ni se crean ni se destruyen, sino sólo se transforman. En Caja España a la velocidad de la luz.

Por cierto que espero pasada la feria de San Andrés, el patrón de los tratantes de ganado con blusón, dentadura muy mirada y palabra de honor al darte la mano, que caigan las primeras nieves y las indemnizaciones de los directivos que llevaron la Caja a la ruina, incluída, por segunda vez, la del presidente Evaristo del Canto Canto, al que tengo muy visto desde cuando chavales estudiábamos juntos en los Maristas, él con más aprovechamiento. Y no se olvide usted del exalcalde Francisco Fernández, de alias cariñoso «Paco Raquetas», que se prejubiló entre dinero, cotizaciones futuras a la Seguridad Social, pitos y flautas con casi un millón de euros. Coño, qué saque de tenista de izquierdas.

Dice otro amigo mío, también colega, que anda ahora encorsetado de jefe de planta noble de El Corte Inglés, gran empresa, que no puedes fiarte de nadie porque te roban los calcetines sin quitarte los zapatos. Si lo sabrá él, aun que allí caen todos los chorizos a la salida. Eso sí todos tienen tarjeta de crédito a dos meses vista y trato personalizado. Quién pudiera guindarle el puestecín de jefe de prensa, aunque sea de rebajas. Menos mal que no acabaste de mala manera en la Caja, como otros, y a ver cuándo nos vemos en alguna semana fantástica, macho. El único problema es que allí no se puede fumar, pero, por lo demás, como todos.

En fin, añora uno los tiempos en que ibas a la Caja, pedías un crédito, te lo concedían a un interés de usura y, encima, tenías que firmar debajo, donde ponía «el beneficiario». Por lo menos no se veía volar el dinero como vacas volando. Pero es que hoy ni eso, haga la prueba, porque sólo le dan un préstamo al que no lo necesita. Ni siquiera a los pobres de las preferentes.

En fin y éste es un consejo para preferentistas en estos tiempos de recortes. Ni pleitos ni leches, según mi compadre el gitano, cuya maldición más sagrada y terrible es la de «pleitos tengas y los ganes».

Lo mejor es la recortada.

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