EL PAISANAJE
Se rifa
Se nota que es Navidad porque huele a lotería. De entrañable ambiente familiar nada. ¿Alguien le ha regalado un décimo a su cuñada? Pues eso. Según la publicidad de Hacienda el sorteo del próximo domingo, cuando nadie iba a leer este articulillo, se caracteriza tradicionalmente por unir a las familias repartiendo suerte. Y una leche. Todavía es de plena actualidad la historia de aquel abuelete que cascó y fue inhumado con un billete del gordo en el bolsillo. Al percatarse los herederos mandaron desenterrar a toda hostia el cadáver ante el lagrimeo de la abuela que musitaba «cabrones, y vosotros queríais incinerarlo por lo barato». Un egipcio hubiera dejado la tumba como estaba por si la otra vida es cara, pero buenos somos aquí.
Diga lo que diga la publicidad de Hacienda sólo hay dos razones para comprar lotería: una, por si toca y, dos, por si le toca a ese cabrito y a mí no. Todo lo demás son pamplinas. La siguiente típica estampa navideña es el descorche loco de champán en el bar donde cayó el gordo, una euforia insensata porque vienen luego como buitres los directores de banco para ahuchar el dinero, los narcos ofreciendo el doble para blanquear el suyo y, cómo no, Montoro para quedarse con el veinte por ciento. Servidor en el pellejo de los agraciados estaría sobrio, pero nunca ha sido lo primero ni tiene autoridad moral para condenar ningún descorche.
Lo mejor de la lotería del domingo que viene es la cara que se nos queda a los que no pillamos nada, reconfortándonos unos a otros con que lo importante es que haya salud, chiste viejo y malo aunque ahora tiene cierto sentido, porque si encima caes enfermo tienes también encima a Montoro con el copago. La verdad es que no sé por qué juego yo, algo de lo que todos los años me arrepiento hasta el siguiente.
La lotería, importada de Italia por Carlos III, arraigó rápidamente en España como sólo lo hacen los vicios en los países vagos de por sí. Hoy es una fuente de ingresos fabulosa para las siempre hambrientas arcas del Estado hasta el punto de que ni siquiera el laico Zapatero se atrevió a desmontar el sorteo de Navidad y llamarlo, por ejemplo, «del solsticio de invierno». Hombre, los hay cretinos pero no tanto. Si yo fuera Rajoy incluiría el dichoso sorteo en el concordato con la Santa Sede para blindar a los dos por si Rubalcaba insiste en el eterno dale que dale anticlerical de los socialistas. A ver, si no, de dónde iba a cobrar él, que, por cierto nunca ha dicho si tiene copago por el anisaquis de las anchoas de Santoña, su tierra y muy ricas. Que siga bebiendo en la oposición mucha agua de Bezoya «que entra por la boca y sale...» muy económica.
Las divagaciones sobre la lotería del próximo domingo le valen también a uno para desintoxicarse de la política. Aunque no del todo. Calculo yo que en Cataluña —la Bruja de Sort, oiga— juegan a la lotería lo mismo que nosotros, lo cual es un signo de identidad nacional, pero nuestro. Tendría cullóns que le tocara el gordo a Artur Mas y no le perdonaría que se quedara con todas las participaciones sin mandarme ninguna. Tampoco me extrañaría.
La atiplada voz de los niños de San Ildefonso, que van a cantar los premios, es el vivo soniquete de un país ya sólo confiado en que al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Para salir de la crisis no se ve otra luz. En cuanto a Rajoy me lo imagino yo comprando el décimo en la administración equis y eligiendo el número ante el inmenso aburrimiento de la vendedora. «¿Oiga, se decide usted o no?», podría ser el diálogo. «Mujer, por mí...». «Vaya al cupón del ciego de la esquina y que le guíe, porque yo aquí tengo cola en el negocio, como usted en el paro, y apueste por un número alto». En la Once tampoco supieron darle razón alguna y eso que ya estaba Montoro para calibrarle el cuponazo. Volvió a La Moncloa ni fu ni fa, como siempre. Así que a nosotros no sé, pero fijo que a él no le toca.
Vivimos tiempos de jugárselo todo, como les pasó a los preferentistas de las cajas de ahorros sin que ni ellos mismos se enteraran, lo cual en muchos habrá creado un frío ambiente navideño. Los responsables de Caja España-Duero, de la que no se sabe ya ni el nombre, han dejado un Belén de los de no te menees. Hacía más calor para los ahorradores viejetes en el Portal del Niño, donde es fama que se calentaba con la mula y el buey. Hace tiempo que las ratas políticas lo abandonaron, cosa de agradecer como en el naufragio de los barcos, Evaristo del Canto.
Que Dios reparta suerte.