Cristo, luz de la humanidad
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El evangelio de hoy, en contexto «bautismal», nos presenta a Cristo con el símbolo de la «luz». La curación de la vista corporal es base para reflexionar sobre la luz espiritual, con la que Jesús nos ilumina y orienta. Esta clave es la central de la Palabra de hoy y apunta a la Pascua que preparamos (donde se destaca el simbolismo de la Luz) y al Bautismo que renovaremos (apoyados en el signo del Cirio).
El milagro de la curación del ciego de nacimiento no es un puro relato de cómo Jesús beneficia a un pobre hombre, sino que en realidad es un hecho revelador de la verdad de Jesús con un mensaje propio que debemos escuchar. Aquí el evangelista Juan desarrolla dramáticamente, a lo largo del capítulo 9º, lo que ya ha proclamado en su Prólogo con precisión: que la Luz vino al mundo y las tinieblas no la recibieron. Jesús es la luz del mundo, mientras que quienes no quieren ver la luz del mundo son tinieblas. Entre luz y tinieblas no hay reconciliación posible. Todos somos ciegos de nacimiento y necesitamos ver. Pero esta ceguera, más que pecado, es una situación y una carencia. Pecados son las malicias morales..., y no la simple ceguera. El que comete pecado al resistir a la luz, es ciego porque quiere; su ceguera es una actitud premeditada y consciente contra la luz. Para Juan, el único pecado es la incredulidad entendida como una contra-fe. Ahí está el pecado del mundo: las tinieblas rechazan la luz. Todos los hombres estamos ciegos, pero no todos somos tinieblas.
Hay que empezar por reconocer nuestra ceguera, la vista que distorsiona la realidad, la superficialidad, la mezquindad de nuestra visión. De este modo, cuando nos relacionamos con otros y nos formamos una imagen falseada, superficial, utilitaria de ellos, acabamos por ser injustos, duros, cerrados, que juzgamos por apariencias y renunciamos a llegar al fondo de la otra persona. O cuando miramos el mundo con subjetividad, lo que nos conduce a sobrevolar los problemas y a creer que hemos ido hasta el fondo. Confundimos nuestro punto de vista con la verdad. Nuestros intereses, nuestro mundo no nos deja ver el Mundo. Inclusive podrá ocurrir que la visión de nosotros mismos y de Dios mismo resulte al fin y al cabo una imagen deformada. Tendemos a ver, como Samuel, solo la apariencia y juzgamos por el exterior. Dios nos recuerda que su mirada es distinta de la nuestra, que llega al fondo, que ve el corazón. Aceptar la luz de Jesús es empezar un camino y un estilo de vida nuevos. «Caminad como hijos de la luz», nos dice san Pablo. Y él mismo nos aclaraba que eso significa vivir y luchar por la bondad, por la justicia, por la verdad, que son los frutos de la luz. Se trata de asumir todos estos valores nuevos que nuestros ojos alcanzan y sacarnos de encima las obras estériles de las tinieblas. Esto es la conversión, la renovación, que estamos llamados a emprender y en la que nunca vamos solos: el Espíritu de Dios camina a nuestro lado.