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ANTONIO NÚÑEZ
León

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M e deprime hablar de política y más con la que está cayendo, porque lo que pienso sobre la difunta Isabel Carrasco sería perseguible de oficio, le dijo a usted señor fiscal. Así que prefiero hoy, no sin nostalgias, escribir de los buenos y viejos tiempos. Pasó este jueves sin pena ni gloria la fiesta de San Isidro Labrador, una de las más sonadas de nuestros pobrines pueblos, que ya sólo se respeta en Madrid, manda huevos. Los otros santos rurales más venerados por la feligresía local son San Roque, el del can de saliva cicatrizante que le lamía las heridas, y San Antón, patrón de los animales de cuatro patas, algunos de los cuales razonan más que los de dos, según me ladra a menudo mi perro Duque, el único que me comprende.

Como se iba maldiciendo San Isidro, el de este jueves, era un gran creyente al que le araban los campos los ángeles mientras el rezaba. Que luego se quedaran con ellos los bancos y las inmobiliarias es otra cosa y la prueba es Madrid. No somos nadie y menos allí. Pero sigue celebrándose con antigua solemnidad en algunos pagos leoneses como Laguna de Negrillos, donde es fiesta local que nadie toca. Cavilo yo que el lugar paramés, que manda un madero amigo mío, se llamará así por algo como tantos otros topónimos a lo largo y ancho de la geografía provincial con vocación de mucho arar.

La paramera leonesa, que fue fugazmente redimida en los sesenta y setenta por los regadíos del pantano de Barrios de Luna, tachados de franquistas, y a mucha honra, por el ecologismo de boquilla volvieron a decaer luego agobiados por la PAC o Política Agraria Común sin nadie que los defendiera en Bruselas. Por eso las elecciones europeas del domingo que viene me la sudan, Cañete.

Seguramente el que mejor entendió el devenir de los tiempos fuera mi tío Julio, de la razón social Casa Boño en La Bañeza, que los sábados de mercado en la calle de la verdura, así se llamaba, se volvía loco de poner raciones a los de la Valduerna y el Órbigo, mientras que cuando entraban los del Páramo y pedían un cuartillo de vino a secas tenía que proteger los vasos del polvo de la boina.

Luego fue al revés y los parameses con sus regadíos y la leche de tierras de la concentración parcelaria fardaban de dinero y raciones que no veas. Mi tía Conchita, que era tan expeditiva como otra que yo me sé y ya no está, zanjó la cuestión con un «rimollejas para todos». Estaban muy buenos los riñones y las mollejas juntos, dicho sea de paso.

Aquella casa de comidas era labradora, tenía como segunda especialidad las ancas de rana, que luego la hizo famosa y, como es natural, una entrada para las caballerías con cuadra atrás y otra más estrecha para los de dos patas con barra de bar en vez de pilón. Iban mucho por allí Martín Villa y algo menos el primer duque de Alba consorte, con el tiempo embajador en Londres, que pescaba en el Órbigo y luego volvía a dormir al Hostal de San Marcos. No volvió más cuando una cotilla le dijo a mi tía: «¿Tú sabes a quién tienes ahí?». El otro al sentirse identificado pagó y dijo diplomáticamente que hasta luego. En cuanto a Martín Villa cuando mandaba la pera encargó una tartera de las de dos kilos o más de ancas de rana para el catalán Tarradellas. Y se las mandó en helicóptero. Como el recipiente era de barro de Pereruela, Zamora, «periguela» para entendernos, imagino que le llegarían calientes. Cuento todo esto aquí porque aquel delito de abuso de vehículo oficial ya ha prescrito.

A lo que íbamos, los pueblines que antaño festejaban a San Isidro en la casa de comidas de mi abuela ya no son lo que eran. Están todos apuntados al Inserso con comida gratis, pero dónde va usted a comparar. Hasta el veterinario de mi perrín, Paco, el de Vilecha, dice que sólo vacuna a mascotas como la mía y echa de menos a vacas y ovejas. También a las garrapatas solidarias de los pastores. Él resiste sin meterse a funcionario de la Junta y trampea como puede diciendo que la lengua de un jabalí abatido furtivamente en maizales subvencionados es la del cerdo de un vecino. Un día lo van a pillar.

Algunos otros emprendedores intentan revitalizar a los pueblos con iniciativas que conviene no echar en saco roto. Y se lo dice uno que es de pueblo y no de piso. Por ejemplo, un pelín más allá de donde yo vivo, en Quintana Raneros, el bar San Isidro ofrece una campaña de «apadrina tu gallina».

Te llevan los huevos rurales a casa.

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Lo malo es que jugó en la Cultural.